EL HOMBRE INVISIBLE

Están ahí, junto a tí, consumen oxígeno y desprenden calor, pero no pidas que piensen o se mojen.

 
 
 
 

TE VEO, TE VEO

Cuando empecé a moverme entre otros seres humanos, primero en el ámbito escolar y luego en el laboral, mi madre, sabia como todas las madres me aconsejó: “sobre todo no te señales, hijo mío”. Como en tantas otras cosas que me perjudicarían notablemente, tampoco le hice caso en ésta.
Pero es que es muy difícil no señalarse cuando tienes un sentido muy agudizado de la justicia y mala tolerancia a los gilipollas, así que empecé por señalarme primero ante profesores ganándome alguna que otra expulsión, un par de collejas y la renuncia a hacer de mí un adulto responsable y más tarde seguí señalándome ante mastuerzos cuyo concepto de la jefatura y el liderazgo era la de un capataz de un campo de algodón del siglo XIX. Ahí lo rematé y me cerré las puertas “per sécula seculorum” a un futuro brillante como capullo con galones.
La opción “B”, la aconsejada por mi sabia madre, es la de convertirte en un camaleón, una iguana o un insecto palo, inmóviles salvo para el papeo, feos de cojones pero supervivientes a tope. Y es que el mimetismo en toda organización social que te puede dar por culo tiene ventajas incuestionables, a saber: no alertas con tu presencia a quien se te puede merendar o hacerte trabajar, no gastas energías inútilmente, no irritas la retina de los que te rodean y combinas con todo el mobiliario. Te mueres de aburrimiento y de asco, vale, pero llegas a fin de mes sin sobresaltos.
No os sirve de nada, yo si os veo.
 

 

LA INSOPORTABLE GRAVEDAD DEL NO SER

Me he desentendido de mis congéneres todo lo posible en una sociedad interdependiente porque no los soporto. No soporto la estupidez, el egoismo, la hipocresía, la vileza, el sometimiento, no soporto la maldad, la mezquindad, la villanía y la crueldad, pero sobre todo no soporto la tibieza moral.

Poco dado a callarme y a dejar pasar las situaciones que nos asemejan más a borregos que a personas, siempre, no con frecuencia, SIEMPRE, me encuentro con la misma situación: mis amables conciudadanos encuentran más interesante cualquier actividad periférica que aquella que ha motivado mi indignación, no por mi persona, si no por situaciones intolerables que afectan a todos los semejantes con los que comparto oxígeno y asfalto.

Estoy hablando, en general, por hechos que son directa consecuencia de la paulatina renuncia ciudadana a su derecho a ser respetada, a su derecho a no ser sojuzgada, vilipendiada, engañada y maltratada por los poderes políticos, económicos y sociales, o simplemente por sinvergüenzas con pedigrí.

Hay que recordar una vez más que el holocausto nazi, los progroms soviéticos, los genocidios de Africa, o de los Balcanes, y todos aquellas monstruosidades ocurridas desde los albores de la humanidad, han sido posibles gracias a seres blandos, tibios y timoratos que miraban para otro lado, a personas "que no hacían mal a nadie", a individuos respetuosos con los poderosos, a gusanos en definitiva más preocupados de llenar la andorga que interesados de a quien y a cuantos embutían en los camiones en mitad de la noche.

Cualquier acto de reivindicación indivual o colectiva recibe como respuesta el silencio, la incomprensión o la condena de los ciudadanos "discretos", de los neutrales, de los que nunca mean fuera del tiesto, de los que me provocan un profundo asco.

Y son legión.

 

EL SILENCIO DE LOS BORREGOS

    España se ha convertido en una explotación ganadera. Y lo que es peor: a todo el mundo le parece la opción más sensata. El que tiene suerte tiene comida, Hacienda lo trasquila sólo una vez al año, el pastor sólo se la zumba de vez en cuando, y los medios de comunicación le liberan de la desagradable tarea de pensar. Por último, si balas armónicamente y sigue acompañándote la suerte, igual se te reserva para un puesto de privilegio en lugar de sacrificarte tempranamente te permiten vivir unos años más dando lana, montando otras ovejas y al final, no te equivoques, aún servirás para dar cecina.

    Tú pon la tele, ahí te lo explican.

 

LOS TIBIOS

Censura
       Cuando me indigno por algo (que cada día es por más cosas), no falta alguien de mi entorno que esté raudo a limar mi aspereza, a suavizar mi acritud, a explicarme como funciona el mundo y a intentar convencerme de que lo que mejor puedo hacer es tomármelo de otra manera. Son los tibios. Los que te aconsejan que "no te des mal", que "las cosas no son ni blancas ni negras", maestros del "siempre ha sido así y siempre será", de que "con los ricos ya se sabe". Posiblitan la grisura intelectual y la negrura social, alzan al poder a miserables, se someten ante los poderosos y justifican sus actos en un ejercicio de incompresinble autovejación que curiosamente incluye la palabra oveja.
    Pues nada, beeeee.
 

PURETAS, DOGMATAS Y CATETOS

  

      Con frecuencia nos encontramos en cualquier actividad humana personas que no comen, mean ni follan fuera del tiesto, es decir, todos sus actos han de estar bendecidos por la normativa vigente, cualquier veleidad digresora se castiga con fusileras críticas y garroteras viles. Son los que pueden cargase la creatividad amparándose en los cánones y quemar brujas que vuelan sin escoba y a fotógrafos o pintores que no respetan los tres tercios, profetas de la ortodoxia y el protocolo. Son los catetos que creen que sus formas y sus pueblo son mejores que los ajenos. Imbéciles esclavos del formulismo y formalismo, cretinos con reglas y normas para todo, mastuerzos del donde-fueres-haz-lo-que-vieres, merluzos del convencionalismo y la repetición, cenutrios mataingenios y meapilas de lo correcto. Perdeos en papel milimetrado.