DESCONTROL DE ENFERMERÍA

Antes de nada he de explicar que no nací enfermero, quiero decir profesionalmemte. Ésta fue una vocación tardía si os hace felices pensar que la enfermería es una vocación. Puede que para algunos, si, pero para mí sólo es y ha sido un curro, una forma de ganarme los garbanzos durante los últimos veinte años.

    La coña con la vocación se debe a que muchos inadvertidos o malintencionados ciudadanos piensan que en esta profesión hemos de aguantar lo que nos hechen porque es un trabajo "vocacional ". Como decimos en Aragón para negar algo: sí, por los cojones. 

 
 

MEAR FUERA DEL TIESTO

 

La mayor parte de mi vida he navegado contra corriente. No creo que nadie se atreva a llamarlo “pose”, o “postureo”, como dicen los más cretinos, ya que esta postura sólo me ha traído dolores de cabeza, aunque, a decir verdad, también me ha reportado alguna que otra íntima satisfacción.

Es sabido que salirse del rebaño siempre es mal tolerado por los compañeros de cabaña ya que ellos sólo lo verán como engreimiento y no como un acto de valentía.

Lo chungo es que he saltado del redil, pero sigo en los límites de la granja y he de soportar los mudos reproches procedentes del interior de la cerca.

Por una vez, voy a ser inteligente y ocultaré mis sentimientos, total, esto no lo lee nadie.

 
 
 

EL ESLABÓN MÁS DÉBIL

 

Recientemente, este enfermero que escribe aquí, ha puesto en riesgo la salud de un paciente al equivocar una medicación. Para cualquier profano, éste es un hecho imperdonable, un dislate y un escándalo. Para cualquier enfermero, esto es algo que sucede todos los días como consecuencia de la carga de trabajo, las instrucciones médicas imprecisas, la falta de respeto para su concentración, los constantes ahorros en material y lo inapropiado de las instalaciones.

Pero lo que se ve es a un enfermero que ha entrado con una jeringuilla en una habitación, y el paciente se ha puesto a morir en cuestión de segundos: ¡causa-efecto!, ¿para qué indagar más?

Y es que, tras un fallo de esa magnitud, siempre hay una cadena de circunstancias, las cuales se suelen ignorar durante la acusación, ya que la responsabilidad de las mismas recae sobre la organización que ha posibilitado el desenlace del error.

Es frecuente ver en prensa como ante una tragedia, como hace unos años, el descarrilamiento de un tren AVE, todos los dedos apuntaron inmediatamente al conductor del convoy, porque obviamente, el llevaba los mandos. Nos olvidamos a menudo que el ejecutor de una tarea es sólo una marioneta cuyos hilos se mueven desde muy arriba. En el caso que me ocupa, se produjo una ejecución sumarísima sobre mi persona cuando el médico responsable de ese paciente no dudó en apuntarme a mí como responsable cuando informó a la familia del suceso. Es, cuando menos chocante, no haber visto en mis veinte años de profesión, que un médico acuse a otro de un mal diagnóstico o un nefasto tratamiento.

Para que los responsables de la institución no puedan aducir que ignoraban el problema, me he dirigido a ellos con el fín de hacerlos sabedores, y me he encargado de recordarles que, parafraseando a lo que escribió el filósofo escocés Thomas Reid en el siglo XVIII, una organización es tan fuerte como el más débil de sus eslabones.

 
 
 

INCAPATACES

Por si no lo he dicho suficientes veces, soy enfermero de la sanidad pública. A los políticos se les llena la boca con lo de que la sanidad española es una de las mejores del mundo, si no la mejor, y probablemente sea cierto, pero lo que no dicen es que es a costa de tener mal pagados y puteados a los profesionales sanitarios, que no a sus gestores, que son nombrados y mimados por esos mismos políticos.

La sanidad pública es responsable de contrataciones basura como en ningún otro sector de la administración y penaliza cuando un trabajador se niega a aceptar sus condiciones draconianas, más propias de la Alabama del siglo XIX que la de un país occidental del siglo XXI.

Los centros sanitarios abortan cualquier intento de reivindicación asignando servicios mínimos de forma abusiva de forma que nunca puedas mostrar tu descontento sobre sus iniquidades y ejercer la menor presión contra esa especie que nos dirige.

La administración sanitaria se pasa por el arco del triunfo los principios de mérito y capacidad otorgando prebendas a quien mejor saber lamer el culo en perjuicio de quien muestra un poco de dignidad y no se deja manipular, es decir, actúa como una empresa privada con la inmunidad que le da una institución pública.

Los gestores sanitarios no forman a sus trabajadores más que de forma testimonial y cosmética y en disciplinas generales que las más de las veces no tienen nada que ver con el trabajo real que desempeñan en sus servicios, obviando la formación que deberían darles en los mismos, descargando tal responsabilidad, y por la cara, en la ya sobrecargada espalda de sus compañeros, como ocurre, por ejemplo con el manejo de programas informáticos imprescindibles para su quehacer diario, o con procedimientos ofimáticos que todos hemos tenido que aprender de forma pedestre con cero euros de coste para la administración, pero con gran desgaste para los trabajadores por la pérdida de tiempo, comisión de errores y quejas de todo el mundo.

Nos obligan a trabajar en unas instalaciones que se caen a pedazos, en unas habitaciones donde casi siempre hay algo estropeado, donde no cabe ni un carro de paradas, con unos intercomunicadores que dejaron de funcionar hace años y nadie se ha molestado en reparar y con reguladores de vacío que no regulan una mierda la mitad de ellos, por no decir todos.

Estos audaces muchachos, para lo que quieren, se muestran incompetentes para meter en cintura a trabajadores vagos o inútiles, a pacientes y familiares querulantes o etnias que no saben respetar nada ni a nadie, todos ellos, básicamente como ellos mismos. Lo único que les pone las pilas es una mala publicidad porque atenta contra los que los pusieron ahí, y la hostia les llega de rebote.

La administración sanitaria es un sindiós que gasta enormes recursos absurdamente por mala gestión y estulticia, negándolos a actividades que cubrirían aquello para lo que han sido creados: prevenir y curar, mejorar la salud de sus ciudadanos, hombres y mujeres que no merecen semejantes individuos al frente de tan alto compromiso.

 

UNIDAD DE PRODUCCIÓN

No sé si lo he dicho antes, pero servidor se hizo enfermero por razones bastante prosaicas. Nada de vocación ni zarandajas de esas tras las que se escuda la sociedad para que tragues toda la mierda que te echan, simplemente, tenía cuarenta años y estaba sin trabajo ni posibilidades de conseguirlo dada mi edad y la política empresarial de "de los cuarenta para arriba, ya te puedes rajar la barriga". Así, que haciendo un tremendo esfuerzo me puse a estudiar una carrera  en la que te decían los docentes que era lo más chupiguay a lo que se podía dedicar un ser humano. Claro, que los docentes eran médicos en su mayoría y no se enteraban una mierda de en qué consiste en realidad la profesión.

Y la realidad es que el paciente, por regla general, y por supervivencia, supongo, es el ser más egoísta de la tierra, y sin quitarle el derecho a preocuparse por su salud, les importa un carajo la tuya, dando por hecho con notable miopía por su parte que te puede chupar la energía y machacar la paciencia hasta que sólo seas una piltrafa equivalente a él mismo.

Del punto de vista de la dirección ya he hablado en otras ocasiones, pero se puede resumir en un olímpico “se la suda”.

Si acabas cayendo enfermo como consecuencia de su política, quizá pases a entrar en su consideración, aunque sólo sea como “unidad de gasto” y no como “unidad de producción”, cuando, ya como paciente, puedas ponerlas en un  aprieto con una denuncia en un medio de comunicación o en un juzgado.

 

 

CONSULTAS Y CONSORTES

 
 

Soy enfermero de planta por eliminación de otros servicios, y en particular hay uno de los que eliminé muy pronto: las consultas.

Las consultas son un chanchullo, un patio de Monipodio, una escuela de trileros y una vergüenza del sistema de salud.

Desde los médicos que incumplen sistemáticamente el horario, sobre todo de las especialidades quirúrgicas cumpliendo apenas el sesenta por ciento de su horario ya que tienen que salir volando a la privada que es la que le deja perras de verdad, al personal enchufado ya que son puestos muy golosos si te interesa un turno fijo de mañana y no matarte a trabajar.

Los médicos, con esa consolidada cara dura que los caracteriza, a puro de no hacer su trabajo por incumplimiento del horario, generan unas listas de espera vergonzosas, que cuando por fin llegan al conocimiento de la opinión pública a través de la prensa, se resuelven deprisa y corriendo poniendo en marcha las “peonadas”, que son de todo menos jornadas de trabajo de peones.

Más bien son horas extras que paga la administración a esos sinvergüenzas para que atiendan por las tardes, y a precio de diputado, lo que no les salió de los huevos atender por la mañana y que estaba incluido en el sueldo que se les pagó y que no se ganaron.

Respecto del personal no facultativo, y con las escasas y justas excepciones, las consultas son un sitio cojonudo para esconderse una década o dos enchufados por conocer a alguien de relevancia en los puestos de decisión, o por alegar un problema de salud de difícil comprensión e imposible justificación ante un servicio de Salud Laboral complaciente con quien les sale de los huevos.

 

¿DE QUÉ VAIS?

Mi sindicato, el SATSE, ha editado este cartel tan chulo. Una enfermera con cara compungida, a punto de las lágrimas, y una fiera corrupia gritándole: qué estampa tan conocida para quien trabajamos en esto, ¿verdad? Pero mi sindicato ha olvidado poner un par de cosas en el cartelito: uno, que el otro veinte por ciento  de las enfermeras están en los despachos sindicales o de gestión, y allí no va ningún paciente, familiar ni supervisor a gritarles porque están convenientemente alejados de las trincheras, y dos: ni las direcciones ni los sindicatos hacen nada por erradicar esos comportamientos, y hablo con conocimiento de causa ya que, servidor, como enfermero de a pie que lo es, lo único que conseguí en  un caso en el que me vi envuelto, fue una reprimenda de mi jefatura por haberme mostrado “beligerante”, es decir, por defenderme de la agresión.
Y los sindicatos no se enteran de un carajo porque solo aparecen por los controles de enfermería para pedirnos el voto cada cuatro años en las elecciones sindicales.
Así que podéis hacer un rulo con el cartelito y seguir esnifando lo que esnifeis.
 

VIEJOS

Uno. que está ya coqueteando con la braga pañal, el sonotone y el braguero, comienza a reflexionar sobre el tiempo que le queda de compartir oxígeno con el resto de la población y no puede menos que odiar la vejez, con su decadencia e ignominia, ya que, lejos de ser “la edad dorada”, “el tiempo de la sabiduría” y memeces por el estilo, la senectud no es si no la pérdida de las facultades, la de los coetáneos y la de la propia voluntad, pasando a ser una unidad de gasto en lugar de una de producción, y por tanto, ignorado y relegado a un lugar donde el olor a orina no ofenda el olfato de las visitas.

Como enfermero he trabajado en residencias donde se les puede encontrar mirando la tele o al vacío mientras esperan la visita de sus hijos, los cuales, sonrientes, les llevarán una chuchería y un beso de Judas.

Si tienen la desgracia de caer en el hospital (y también habla la experiencia), al dolor y la angustia de la enfermedad, se sumarán la pérdida de la poca dignidad que aún les quedaba y recibirán el mismo calor y cariño antes descrito por parte de sus deudos.

Desde estas líneas exculpo a quien, llegado el momento en el que no conozca a mis hijos y me lo haga todo encima, arrime un revolver a mi sien y apreté el gatillo.

Y a la santa madre iglesia, tan preocupada por preservar la vida en la más repulsiva de sus expresiones, le digo que lo mejor que podía hacer es aplicarse al cuento y no poner al frente de la misma a yayos que hace tiempo que les da todo lo mismo.

He dicho.

 

FLEXIBILIDAD HORARIA

            No consigo que se me quite la cara de tonto cuando llego treinta minutos antes a mi trabajo y veo como médicos, enfermeros, celadores y maintenance men ya se están pirando (quien no lo haga, ¡premio!: piruleta de menta).

            La cara ya es de gilipuá cuando veo, que a más a más, los médicos entran, sin prisa, treinta minutos tarde.

            Eso si, cuando las listas de espera llegan hasta los medios de comunicación, abrimos consultas y quirófanos por las tardes porque en tan imaginario horario no se puede ver a todos los pacientes.

            Con un par.

 
 

LA NOCHE ME ESTOMAGA

Nunca he sido un ave nocturna, ni ningún otro bicho de hábitos vampíricos. La noche, en general, me ha estomagado bastante desde que recuerdo. He sido, durante toda mi juventud, la alegría de las fiestas trasnochadoras.
Alrededor de las dos o tres de la mañana mi boca cobra vida propia y comienza a abrirse a intervalos de veinte o treinta segundos, espectáculo que no siempre puedo evitar ya que si bostezas con la boca cerrada te queda cara de gilipollas, y llevarte la mano al buzón es un ejercicio que no siempre coordinas bien y acabas enseñando la úvula al respetable una vez de cada tres, por no hablar de la impresión que dejas en tus compañeros de farra que viene a ser:
    1) He visto reuniones más alegres en las salas de la tele de los asilos.
    2) Soy una persona de la que os tenéis que acordar para no invitarla más a nada.
Pues Baco, o el dios pertinente de los despendoles, me ha castigado con un trabajo en el que he de pasar en vela una noche por semana. Manda huevos, soy enfermero. Y lo más gracioso, por decir algo, es que mis compañeros de farra se mueven en un arco de edad que va de los setenta y pico a los noventa y pala años.
Cada noche es una juerga. Lo habitual es tener una media de diez a doce pacientes con la cabeza en Cuenca, ya de base, a los que se suman alegremente aquellos que teniéndola bien o regular de cotidiano, es entrar en el hosputal y hacerse un lío y confundir su pene con su peine.
Esto implica, básicamente, que tras el infructuoso reparto a las once de la noche de benzodiazepinas, neurolépticos y otras chuches de amodorrar, el entrañable abuelito salte la barandilla y se rompa la crisma, encuentre irresistible el contenido de su pañal y lo explore en profundidad, descubra un resquicio para sacar el níspero y riegue la delicada lencería de su cama, o se arranque cualquier tubo insertado en su organismo de forma tan artera.
Las más de las veces, los deudos han dejado al viejo sólo como una rata, o han colocado a un prójimo que habla raro y que encuentra más interesante tumbarse en un sillón con su frazadita que estar pendiente de si el abuelito se zafó de su ropa de cama y se encuentra realizando un hábil número de escapismo habiendo conseguido ya introducir la cabeza y un omoplato entre el colchón y la barandilla.
Vuelves a casa tras una dura noche de lidiar con toda esa peña, y te espera una sociedad que considera que todo el mundo tiene un ciclo circadiano de puta madre, y que ya pueden reventarte los tímpanos con el martillo neumático, atronarte con el pedorreteo de las motos, gritarse todo cristo a voz en cuello o tocarte los huevos un fulano de Jazztel, que también habla raro.
Y te enfrentas a la siguiente noche de vigilia lleno de ilusión, esperando encontrarte alguno de esos cabrones como paciente tuyo.
 

HOMOFILIA E HIDROFOBIA

Hace algún tiempo escribí que parecía que mi empresa había tomado la responsabilidad de convertirnos en homosexuales a los hombres ya que, tanto las condiciones de hacinamiento de los vestuarios, donde es frecuente el roce "culito con culito" y otros encuentros anatómicos inesperados, nos suministraba un papel higiénico fino e inseguro con un grosor de unas pocas micras que al tomar contacto con la humedad de lo que viene a ser el ojete, tenía la mala costrumbre de ser traspasado con el finger, abriendo camino a éste hacia territorios de ingrata exploración.
Hoy me he llevado la sorpresa, de que por parte de la retaguardia, ya no voy a ser inducido hacia la homosexualidad, debido a que mis queridos jefes HAN CAMBIADO EL PAPEL HIGIÉNICO. Éste, ya no tiene la querencia a abrirse para dar paso al dedo medio, si no, que a diferencia del anterior, es hidrófobo, es decir huye del agua, es cuasi satinado, con lo cual no empapa y se limita a arrastrar la suciedad (entiéndase mierda) por la región perianal, perineal y tierra media sin acabar de desterrarla a Mordor.
No me cansaré de agradecer a mi empresa que haya abandonado la intención de cambiar mi orientación sexual, al menos por ese medio. De los compañeros, empiezo a agradecer el contacto humano.
 

ENTRAR EN EL VESTUARIO Y SALIR DEL ARMARIO

    Estoy empezando a pensar seriamente que mi empresa quiere empujarme a la homosexualidad. Por un lado ha construido unos vestuarios con unos pasillos tan estrechos entre las taquillas que forzosamente he de tener contacto carnal por muy epidérmico que sea con mis vecinos y ya se sabe que el roce hace el cariño.
     El tamaño de las taquillas no ayuda ya que son tan exiguas que al sacar una prenda arrastras otra y te obliga a agacharte con cierta frecuecia: tentación añadida.
    Luego está el grosor del papel higiénico, delicado tissue que es constantemente atravesado por los dedos que irrumpen irremisiblemente en territorios reservados para la exploración de la próstata.
    Por último,  y no menos grave, cuando entro al vestuario treinta minutos antes del cambio de turno y ya se están pirando los médicos y algún que otro compañero no facultativo insinuando "maricón el último" y esto también da bastante por el culo.
 
    

ENFERMERAS, GEISHAS Y FELPUDOS

 
Ya he afirmado en alguna ocasión que esta profesión mía, la de enfermero, es una profesión de geishas, al menos por eso nos tomán la dirección, los médicos y los pacientes y familiares. Pesa mucho la cofia, que aunque ya abolida, aún parecen percibir adornándonos la testa, como ese bigote que, tras afeitarte, permanece la sombra de lo que fué, o ese cuadro que quitas de una pared y queda la impronta.
Pero lo más triste, es que algun@s compañer@s confirman tal pretensión adoptando un comportamiento sumiso, cuando no servil. A ver: tenemos una formación universitaria y una gran responsabilidad como profesionales y no tenemos que aguantar a ningún médico arrogante, a ningún jefe subnormal ni a ningún paciente o familiar un trato por debajo de este nivel de formación y responsabilidad, ya que si esperamos que lo que nos compense sea el sueldo, vamos dados.
Dicho esto, hablaré de la formación de la enfermería y de las exigencias laborales posteriores. En la carrera te enseñan mucha medicina y poca enfermería y durante las prácticas eres un enfermero sin sueldo en aquellos servicios que la universidad tenga el capricho de mandarte, pudiendo conocer con mucha suerte cuatro o cinco de ellos.
En Junio acabas la carrera y los gestores del sistema sanitario ya están esperando como buitres para hacerte un contrato de mierda de verano para cubrir las vacaciones de tus compañeros. De la noche a la mañana, te arrojan a los lobos como responsable de la salud y seguridad de equis pacientes, las más de las veces sin otra supervisión que la de tus compañeros, tan nuevos como tú y tan abrumados por la carga de trabajo, que ni pueden ni quieren muchas veces arroparte, contestándote más de una vez que cobras lo mismo que ellos y que te busques la vida.
Como nos dijo un profesor de fisiología el día que acabábamos la carrera: "enhorabuena, ya sois un pelgro para la población", a lo que yo añado: y mano de trabajo semi esclava para vuestros jefes.
En el siglo XXI, parte del trabajo de enfermería, como en tantos otros sectores, es el uso de aplicaciones informáticas, cuyo dominio exige la formación oportuna, que no parece ser tan oportuna para tus jefes ya que te la niegan y una vez más aprendes el significado de "búscate la vida", que parece que es el lema de la institución sanitaria para la que trabajo.
Estamos en el siglo XXI, lo que deberemos repetirnos como un mantra ya que la mayoría de los médicos siguen en el siglo XIX, y te exigen, los muy capullos, que sepas de todo aunque ellos no sean capaces de poner un tratamiento básico a un paciente que no sea de su especialidad.
Del mismo modo, tus jefes, no tienen el menor empacho en ofrecerte otra mierda de contrato, esta vez de correturnos, que en cristiano quiere decir de bombero, de apagar fuegos, de cubrir en cualquier servicio (qué más da cual) a la enfermera veterana que ha fallado o a reforzar los diques en un lugar que ya se ha desquiciado y por tanto nadie va a poder dedicarte ni un segundo para ponerte al corriente de la situación de los pacientes ni del servicio.
Esta es la profesión que he elegido en la segunda mitad de mi vida laboral, reinventándome como dicen los cretinos, haciendo de tripas corazón, sería más justo decir, para poder tragar a tanto desalmado y caminando de puntillas para no pisar a tanta compañera-felpudo.
 

LIDERHARTAZGO

Servidor, que es de cáscara amarga, ácrata, el más español de España, y por tanto ingobernable, ha tenido la desgracia de nacer en una familia humilde, y por tanto inadecuada para ser tan chulo, careciendo además de escasa iniciativa para convertirse en un sinvergüenza y hacer fortuna por la puerta de atrás, es decir, metiéndose en política o formando un emporio sobre la sangre de sus víctimas, no le ha quedado otra de trabajar como ganapán a las órdenes de inútiles lameculos, sinvergüenzas y psicópatas sin cuento.
En la actualidad, como ya he comentado alguna vez, trabajo de enfermero en un hospital que no mencionaré para que, además de las penalidades propias del oficio, las penurias consecuencia de la chapucera gestión de los gestores y sus machacas, mis jefes , no les dé a estos por darme más por el culo.
Y es que para ser jefe, o líder en un concepto más amplio, hace falta algo más que unos galones y permiso para joder por parte de sus superiores. Un lider, incentiva, proporciona cobertura, negocia, planifica, establece objetivos viables y sobre todo, se pone al frente y da la cara.
Si ya se han hartado de reir, pasaré a describir lo que viene a ser un jefe en España, y por supuesto en mi hospital: La dirección de enfermería se ha atrincherado en sus espaciosos, luminosos y prístinos despachos, libre de sangre, orina, heces, vómitos, dolor, llanto, rabia, desperación y desesperanza en la que nos movemos sus soldaditos cada día. No las he visto bajando a las trincheras ni una puñetera vez en lo que llevo trabajando de ésto, (como los sindicatos, dicho sea de paso). Y tienen la cara dura y el cuajo de llamarse "compañeras".
Desde esa posición aséptica, tienen la desvergüenza de exigirte que te dejes la piel y pongas buena cara, que soslayes las carencias que ellos han provocado y los insultos, fruto de dichas carencias, con buena cara, sin despeinarte, y por supuesto, que no les hagas llegar toda esa mierda a ellas.
Más cerca de tí se encuentra tu supervisora, cabo chusquero que han colocado ahí para parar los goles, transmitir sus tiranías y meter en cintura a los díscolos. Intentar hacer razonar a una tipa de estas es como hablar con un moai: te mira desde su altura con rostro de piedra y dureza semejante y cuando has acabado, pasa de tí como de los vientos y las aguas que llevan años resbalándosela.
Menos mal que todo esto se compensa con el magnífico sueldo que me pagan por tan abrumadora responsabilidad: menos que un conductor de autobús o un guardia municipal, a los que a día de hoy aún no se les exigen estudios superiores.
Me quedan dos años para jubilarme. No veo el momento de perder de vista a tanta hija de meretriz.
 

HOSPUTAL

He comentado en varias ocasiones que trabajo como enfermero en un hospital. Canónicamente, un hospital es un centro en el que unos equipos multidisciplinares de profesionales se ocupan de prevenir y tratar los problemas de salud de la población. Sin salirnos de la descripción canónica, está además dotado con los medios necesarios para ello y está gestionado por un cuerpo directivo capaz que ha accedido a sus puestos según los principios de mérito y capacidad.
Y ahora vamos a hablar de la realidad. Mi hospital (en adelante HOSPUTAL), es un centro con más de cincuenta años de antigüedad en el que se han hecho las reformas justas para que no se caiga a pedazos, está dotado de unos trabajadores sobrecargados de trabajo, mal tratados peor pagados y está liderado por unos personajes dignos de un vodevil, es decir, gentes de moral distraída (¿se va entendiendo lo de HOSPUTAL?)
Hagamos un rápido repaso a esos personajes:
Dirección: son puestos de libre elección, es decir, no han tenido que superar ningún concurso de competencia para sus cargos, simplemente han llegado a donde están maniobrando arteramente y haciendo la pelota a la gente adecuada.
Supervisión: más de lo mismo, con el agravante de que haberse vendido sólo les supone un miserable puñado de euros, nada de gloria.
Cuerpo facultativo: He hablado largo y tendido de ellos, gente ególatra y altiva, en parte sufridores, en parte responsables del sufrimiento de quienes tienen por debajo, es el mulo picado por un tábano: suelta coces.
No estaría completa esta bonita descripción si no hablara de otros colectivos. Empezaré por uno, que sin dirigir formalmente el HOSPUTAL, consigue que el mismo, funcione como les sale de los colleoni: estoy hablando de los celadores. Estos simpáticos muchachos y muchachas, no dirigidos al parecer por nadie, que son expertos en cabrear a todo cristo cuando desaparecen de sus puestos de trabajo, cuando extravían lo que tiene la mala suerte de caer en sus manos o cuando piensan que un enfermo forma parte del mueble donde lo transporta.
He de hablar también de los colegas de mantenimiento. El que suscribe se ha cansado de ver como se piran del HOSPUTAL treinta minutos antes de su hora, de cómo para cambiar una bombilla vienen dos propios y de como para arreglarle taquilla al menda fueron necesarios cuatro infructuosos intentos hasta que vino alguien con cerebro o ganas.
Soy consciente de que no menciono a un gran número de colectivos sobre los que no tengo queja alguna, así como de la injusticia que supone ignorar a aquellos escasos trabajadores que, perteneciendo a los grupos antes mencionados, no merecen ser asimilados a los cenutrios de sus compañeros. Que me disculpen si quieren.
 

SAN JODERSE

  
Estando como está el que suscribe hastalos gemelos colgantes de madrugones y contando ya cuarenta y ocho años deexplotación laboral, fue a la Tesorería de la Seguridad Social para que lerealizaran el cálculo de lo que cobraría si se jubilara ya. Para empezar, allíno están por la labor de futuribles y te dicen que vuelvas cuando te llegue elmomento o cuando ya lo tengas decidido, que majos. Así que hago de valer miscontactos y me lo calculan de por favor. Pues resulta que lo que cobraría hoypor hoy es un zurullo prorrateado ya que se toman los últimos 21 años decotización y resulta que de los ya mencionados 48 años, estuve cotizando pornecesidades de fuerza mayor seis años a media jornada y tres a un tercio dejornada y esto, amigos mios, la Tesorería no lo puede consentir. ¿que hascotizado 48 años?, pues me alegro, más dinero para las arcas, ¿que te has vistoforzado a cotizar menos en los úlitmos 21 años?, pues san joderse, saca pecho,aprieta los dientes y procura no cargarte un paciente cuando ya te tiemble elpulso, confundas la gimnasia con la magnesia y no distingas un pene de unpeine.
Repito, que majos.
 

¿PREVENCIÓN O PREBENDA?

En sanidad, prevención primaria es aquella que evita la aparición de una
enfermedad. Esta se lleva a cabo principalmente con educación sanitaria que
incluye fomentar los estilos de vida saludables como la erradicación de hábitos
tóxicos, la buena alimentación y el ejercicio.
Los principales actores de esta primera barrera a la enfermedad  son
los responsables sanitarios, los padres y la escuela.
Se trata de uno de los principales determinantes de la salud según la
pirámide de Maslow y afrontarlo es el sistema más barato y eficaz para luchar
contra la enfermedad.
Pero como en tantas otras cosas, el ser humano prefiere actuar de la forma
más complicada posible y los gobiernos dedican las grandes partidas
presupuestarias a la prevención secundaria, terciaria y cuaternaria, que para
no aburrir, es actuar cuando la enfermedad ya está presente y esto amiguitos y
amiguitas nos está arruinando.
Sólo cabe ser mal pensado y preguntarse por qué se actúa de ese modo...y la
respuesta viene casi enseguida: hacer frente al progreso de la enfermedad
genera una actividad económica bestial, por no hablar de la incesante necesidad
de especialistas de todo tipo.
Piensen si no qué sería de la industria farmacéutica, de la ingeniería
médica, biomédica y quirúrgica, de la ortopédica, y de tantas y tantas
industrias que sobrevuelan  como buitres  los fracasos de la
prevención.
No digo que estas especializaciones sean innecesarias, sino que están
sobredimensionadas por el cuasi abandono de la prevención primaria y repito que
esta visión miope, si no interesada, acabará a medio plazo con la expectativa
de que tú o tus hijos tengan una sanidad decente.
 

ESPINAZO DOBLADO Y CULITO LIMPIO

Aunque venía oliéndomelo, no sabía hasta qué punto estaba enterrado en
estiércol y es que la profesión que elegí, ya en mi madurez, es una enorme,
inmensa, cósmica bosta de vaca. Recientes acontecimientos me han vuelto a
colocar en mi sitio de esclavo de la sanidad a pesar de mis estudios
universitarios y diecinueve años de ejercicio como enfermero.
En la universidad te enseñan a ser un profesional con criterio y capacidad
de toma de decisiones te forman para tener una visión holística del enfermo y a
poner en marcha los recursos y conocimientos necesarios para procurarle
cuidados de calidad, a respetarlo y por supuesto a hacerte valer y ser
respetado por ellos, por el resto de profesionales y por tus superiores.
Todo eso es mentira. La realidad es que no pasas de ser una criadita con
estudios que ha de estar siempre pronta a las exigencias de todo cristo, a
doblar el espinazo y a tener un culito limpio y presentable para que se sirva
quien lo desee.
Lo más triste es que la enfermería se engaña a sí misma negando todas estas
evidencias o las considera inevitables y por tanto no hay reacción a los
abusos.
Que Superman nos asista. Mientras tanto me he procurado una paja larga y
respiro como puedo desde el fondo de tanta mierda.
 

EL HORROR DE HABER ERRADO. TERCERA PARTE

Tras mis decepcionantes experiencias en Urgencias y Traumatología, decidí
que ya era hora de pasar a mejor vida y pedí traslado a Medicina Interna. Para
quien conozca el trabajo en estos servicios puede llegar a parecerle broma,
pero nada más lejos de eso. Si bien para una Auxiliar de Enfermería, una planta
de este tipo puede llegar a ser una pesadilla ya que se trata básicamente de
pacientes ancianos en mayor grado de dependencia que en menor grado y por tanto
una gran carga para ellas, para enfermería es un paciente muy agradecido ya
que, aunque necesitan mayor número de cuidados, cuando se les va la pelota
pueden llegar a ser muy graciosos y si resulta que les ha llegado la hora y se
mueren....., pues angelitos al cielo, y a otra cosa.
Tras estas palabras, y quien no conozca mi profesión, puede pensar que soy
un desalmado. Bueno pues que pase una temporada de oyente en una planta de
hospital y hablamos.
El caso es que aterricé en Medicina Interna y lo primero que recibí fue el
gran impacto del espacio compacto. Quiero decir: habitaciones minúsculas que se
caen a pedazos, timbres que no funcionan, almacenes caóticos con estanterías
derrengadas, techos con placas rotas, reparaciones de fontanería con
esparadrapo.... Y a esto le llama una doctora muy simpática que conozco "Hospital
de primera categoría" o no sé qué zarandajas. Solo debe visitar el escáner o la
resonancia, desde luego no mi planta ni las Urgencias. Y es que este hospital
tiene la misma edad que yo: sesenta y dos años, a nada que esté tan quemado
como yo lo raro es que no huela a chamusquina por las esquinas.
Otra ventaja que se me olvidaba:  aquí los médicos lo son de verdad,
no como en Traumatología, aunque algunos de ellos se crean Cristo redivivo, y
otros unos meapilas.
 
 

EL HORROR DE HABER ERRADO. SEGUNDA PARTE

En cuanto pude, pedí traslado fuera de Urgencias, y huyendo de la sartén
caí en el cazo ya que no se me ocurrió otra cosa que ir a Traumatología,
servicio del que había oído maravillas. Definitivamente la gente es tonta, con
estudios o sin ellos, y si no, mira a quien vota.
Traumatología, para un neófito, es un servicio en el que los únicos que
trabajan y además, en general, saben lo que hacen son los integrantes del
equipo de enfermería. Porque un traumatólogo es un elemento con título de
medicina que ha procurado olvidar a toda velocidad lo que aprendió en la
facultad para dejar sitio a las finanzas y no cumple el horario ni de coña
porque tiene que salir zumbando a atender a sus pacientes en la sanidad
 privada.
Allí me entretuve tres años ya que no pude salir antes, preguntándome cada
día qué había hecho yo para merecer esto.
 

EL HORROR DE HABER ERRADO. PRIMERA PARTE

En enero de 2.010 se me ofrece una interinidad como enfermero en el
hospital M.S. La acepto y solicito el servicio de Urgencias ya que mi
experiencia en los respectivos servicios de Urgencias en los hospitales P. y Q.
han sido muy satisfactorias por tratarse de destinos donde se aprende algo
nuevo cada día y se ponen a prueba tanto la capacidad de respuesta como la
discriminación de las prioridades, así como se entrenan las habilidades y
técnicas como en ninguna otra parte.
Pero el hospital M.S. es otra cosa, y sus Urgencias el mayor caos que uno
pueda imaginar. Sólo asomarse una tarde de invierno, pongamos por caso, a la
Admisión o Triaje con sus colas continuas que no parecen disminuir, con las
ambulancias y su penoso tráfico de camillas de forma que siempre hay un par de
ellas por atender, o con sus Salas de espera abarrotadas de pacientes e
impacientes que llevan esperando en muchos casos más de tres horas o el
estridente timbre de Vitales cuando llega un paciente en estado calamitoso o
este se ha producido como consecuencia de la larga espera en las Salas o en los
Boxes.
Si te armas de valor y penetras veinte o treinta metros por los pasillos,
accedes a las Salas de Observación, verdad sólo a medias ya que la mayor parte
de los ocupantes de esas camas sólo las ocupan hasta que tener sitio (a veces
varios días) en sus respectivas plantas.
Si aún no has salido corriendo, puedes enfilar el pasillo de Boxes y
encontrarte con las verdaderas trincheras de la Urgencia. Un ir y venir
continuo, casi siempre acelerado de sillas de ruedas, camillas, sanitarios de
todo tipo con equipos para canalizar vías, realizar sondajes, aparatos de toma
de constantes, de electrocardiogramas, entrevistando a enfermos, siendo
abordado por todo tipo de personas que exigen tu atención, esquivando personas
iracundas, y abriéndote paso entre camas ocupadas con pacientes que
sencillamente no pueden llevarse a otro lado porque puede que una de las Salas
de Observación, si ya no es invierno, permanezca cerrada intermitentemente para
ahorrar algún euro.
Pronto me di cuenta de mi error, pero ya no tenía remedio. Allí pasé casi
tres años, abrumado por la carga de trabajo y su premura, horrorizado además
por la responsabilidad de trabajar con esa presión, increpado por los pacientes
y sus familias, ignorado por las jefaturas, mareado por la indecisión de los
médicos residentes y maltratado profesionalmente por los médicos adjuntos.
Nunca me he sentido más insignificante y machacado. De allí emergió un
nuevo enfermero y una nueva persona: una que ya no se asustaba por nada y a la
que le daba igual todo.
 

DESFACHATEZ INSTITUCIONAL

Las relaciones entre los empleados y sus jefes siempre son asimétricas, pero no se me ocurre mayor asimetría que la existente en mi propio trabajo.
Mientras que mi quehacer diario se desarrolla en las estrecheces de un viejo edificio, en medio de un torbellino de emociones primordiales, contestaciones desabridas, agresividad latente, órdenes imperiosas, tiranteces, quejas, prisas, dolor y angustia y soy salpicado, con orina, moco, heces, vómitos, sangre y todo tipo de secreciones, el de mis superiores se desarrolla en plácidos despachos y luminosos corredores aromatizados con las esencias de pino y limón de limpieza institucional.
Pues desde esa beatífica esterilidad tienen la desfachatez de pedirme templanza, moderación y buenos modos ante las exigencias y presiones de todo cristo.
¡Qué huevos tienen!
 

EL DOCTOR CITO

Hoy, niños y niñas, explicaremos la definición, orígenes, evolución y devenir consuetudinario de un tipo de profesionales chachi pirulis que tienen como objetivo cuidar de tu salud, pero también mirarte por encima del hombro y trabajar lo menos posible. Lo habéis adivinado: nos referimos a los médicos.
Por mi profesión de enfermero he tenido un trato más cercano de lo que me hubiera apetecido con esos prendas, así que me siento sobradamente cualificado para afirmar cuanto afirmo, si bien, en honor de la verdad, en los veinte años que llevo ejerciendo la profesión  he llegado a conocer a media docena por los que he sentido un sincero respeto. No está mal, vendrá a ser un uno por cien.
Hoy un médico es un ser que se forma y transforma en una facualtad de medicina. Originalmente, médico era todo aquel que decía serlo y tenía el arrojo necesario para trepanar un craneo en busca de malos humores, luxar el cristalino opaco de una catarata o clavar un estilete en una vena para hacer una sangría, Se tendría que llegar al siglo XVI para que se necesitara alguna preparación teorico-práctica para ejercer la profesión siempre que se dispusiera de los cuartos necesarios para ello. En tiempos más modernos, era imprescindible pertenecer a una clase acomodada para llegar a tan alta distinción y por último, en la actualidad, cualquier joven de brillante inteligencia y capacidad de sacrificio es capaz de convertirse en un impresentable con título de licenciado en medicina y cirugía.
Pero, ¿en qué momento un joven pimpollo, fresco y alegre se transforma en un ser agrio, clasista e interesado? Una vez más la respuesta es compleja. Si procede de noble cuna o pertenece a una estirpe de doctores desde hace cuatro o cinco generaciones, la transformación se realiza desde el mismo momento que pisa la facultad de medicina, cuando todo lo que sabe del cuerpo humano es lo que consigue atisbar a escondidas cuando se desnudan sus hermanas o la criada. En estas jóvenes promesas el cretinismo viene de serie. Cuando el facultativo es de origen más humilde, las humillaciones de cátedros, adjuntos o enfermeros con más criterio que él consiguen el mismo efecto aunque más a largo plazo. En cualquier caso el resultado es el mismo: un profesional desmotivado que se pregunta cada día por qué se dedica a una profesión en la que siente un mal disimulado aburrimiento por ver siempre las mismas morbideces, una gran indiferencia por sus pacientes y un profundo desprecio por las familias.
Un día se me quejaba uno de estos profesionales que antaño le llamaba don Fernando y hoy lo llaman Fernandito. Hay les duele.
 

VAMOS A USTEARNOS, PLEASE, QUE YA TENGO CANAS EN LOS HUEVOS

Prácticamente acabo de cumplir sesenta y dos años y por marciano que parezca todo el mundo se empeña en tutearme. Y no hablo de mis hijos y mi santa, que parece que no, pero verte todos los días en gayumbos frena un poco el “vuesamerced” y lo mismo ocurre con tus jefes que para eso te dan para tabaco. Me refiero al señor de similar antigüedad, bien vestido pero no tan bien educado que te encuentras en la cola del autobús, a la madurita del mostrador de tu entidad bancaria, a la pava repetidora del Panishop y al facultativo de tu hospital que, eso sí, sólo responde al apelativo de “doctor”.
Este menoscabo de la apreciación que mereces a estos individuos suele obedecer a dos causas principales: a la deriva cretina que ha tomado nuestra amada sociedad y al puro, simple y rancio clasismo.
Ninguno de las dos razones me molan. La primera porque fui educado en unas normas de convivencia según las cuales las formas tienen un valor más que formal ya que actúan como lubricante en el roce social y como primera línea de defensa antes de llegar a la más primitiva y amarga agresión verbal o física, y la segunda porque “pa chulo mi pirulo” y ningún lechugino titulado merece más respeto ni tiene más honra que la de mis gemelos colgantes.
Alguna vez, al exponer en público esta reflexión, el atontao de turno me ha contestado que prefiere el tuteo porque es fresco y “modelno”, pues muy bien, pues me alegro, pero que sepas, imbécil, que gente como tú está haciendo de este mundo que lamentablemente compartimos el lodazal en el que nos revolcamos.
Un saludo y una patada en tus morritos selfi.
Fresco y “modelno”.
 

LÍDERES Y TÍTERES DE CACHIPORRA

Tengo abolido el sentido competitivo y hace tiempo que renuncié a liderar nada. Y es que aunque en general los líderes me dan bastante asquito, siento un gran respeto por la pequeña porción de ellos que asumen lo que supone ser un barandenfürer, es decir, un tipo que dirige un grupo humano. Se trata del talento para organizar, para motivar, la capacidad de sacrificio, la empatía, el compromiso con sus subordinados y un par de huevos/ovarios como dos melones.
Todo lo que no sea eso es servilismo y ruindad, vender tu alma para convertirte en una correa de transmisión, un títere con látigo, un déspota con el esfínter destrozado, un castrati con voz disonante, un bastardo y un memo.
He conocido un par de los primeros y un ejército de los últimos que es más o menos la proporción de bellaquería extrapolable a toda población humana.
Lo siento, no puedo renunciar a mi memoria.
 

UNA DE VALIENTES

No soy valiente ya que si lo fuera estaría en este preciso momento cambiando el mundo, habría luchado por acceder a un puesto de poder para acabar con los gusanos que pudren el tejido social de la tierra.
Sólo soy un ser humano convencido de serlo, y por tanto con el orgullo suficiente para no ser tratado ni como un animal ni como un esclavo.
Pero tener la integridad necesaria se paga muy caro. Pronto me jubilaré y pondré fin a casi cincuenta años de sometimiento a gilipollas para disponer de cash y poder matarme con el tabaco y toda la demás química que nos suministra nuestros productores de alimentos.
Acabaré mis días laborales como enfermero raso tras haber conocido otras formas ni mejores ni peores de ganarse la vida como administrativo en General Motors.
Con buenas tragaderas hubiera podido llegar a ser un petimetre de dos mil quinientos euros al mes en esa empresa, o un arrogante supervisor con un sueldo de mierda en la actual. Pero no ha sido así por variadas y muy diversas razones, entre otras porque me gusta mirarme al espejo y ver lo viejo que soy y no lo miserable que sería.
En la multinacional me he solidarizado en los conflictos laborales con mis compañeros de talleres señalándome irremediablemente ante mis jefes y compañeros de “cuello blanco” sólo para ver cómo esos mismos trabajadores agachaban la cabeza como cabestros y recuperaban las horas perdidas para volver a congraciarse con la empresa y con la parienta, me he negado a hacer horas extras porque eran el pago a la sumisión, no he callado ni una sola vez ante una injusticia y me he negado a adoptar la corbata como símbolo de “chico de la empresa” con el consiguiente cabreo de mis jefes.
En mi actual trabajo me he negado a someterme a los caprichos de superiores, médicos, pacientes y familiares ganándome incomprensiblemente la animadversión de mis compañeras cuando mi postura sólo reportaba dignidad para la profesión.
Es increíble lo baratas que podemos llegar a ser las personas. Qué poco hace falta para comprarnos, tan sólo una palmadita en la espalda,  unos euros de propina al mes o una migaja de poder.
A veces con que no se fijen en nosotros nos conformamos.
 
 

UNA DE COBARDES

En estos días estoy atravesando una situación laboral chunga. Hace un par de entradas comenté que una familia gitana había invadido mi planta y como suele ocurrir, acaparan todo el espacio disponible, los recursos y la atención del personal.
En una de esas, el que suscribe se negó a atender la perentoria atención que siempre reclaman por ser injustificada, innecesaria y mucho menos urgente, y claro, como ya tardaban, el individuo me llamó racista.
Uno puede pensar que es un epíteto menor, que es prácticamente una costumbre de esos fulanos cuando ven frustrados sus egoístas intentos de ser los primeros y los únicos en ser atendidos, pero  yo no lo veo así, yo lo considero un agravio moral ya que ser racista implica pertenecer a una baja estofa que no tiene cabida en la taxonomía de seres humanos, a un tipo de individuos que aborrecen al diferente y cuya más fea cara la hemos visto en el nazismo, el estalinismo, el Ku Klus Klan o el ejército serbio-bosnio, por citar sólo algunos. Todos estos tristes protagonistas de la limpieza étnica se han caracterizado por ser responsables de grandes derramamientos de sangre. Creo que no es para bromear.
Y como no es para bromear, presenté un parte de agresiones por agresión verbal en mi centro de trabajo. El JEFE SUPREMO me contestó en un formulario de copia-pega que eso estaba muy feo y que así se lo harán saber a la persona que me insultó.
El problema es que el tipo de individuos de los que hablo no aceptan muy bien las críticas, y que si ya me miran mal cuando pasan a mi lado, que es unas cincuenta veces al día dado su número, no quiero imaginarme que ocurrirá cuando hayan sido reconvenidas.
La solución era bastante fácil y así lo pedí a la dirección: apartarme de ese paciente y su familia, pero se me contestó que esa situación “no era un motivo objetivo” para hacerlo. Con dos cojones.
Lo estoy solucionando como puedo, que es pidiendo a mis compañeras cambio de paciente, lo que como es de suponer no les hace pajolera gracia. No quisiera recordarles que mi problema se ha generado gracias a que todo el personal de la planta pierde el culo por atender sus más insignificantes requerimientos. ni que la cobardía de mirar a otro lado es la responsable de todos los atropellos que ha cometido el ser humano, ya llevaran una esvástica o una estrella de David. 
 
 

UN CALÉ, ¡AY QUE CALÓ!

Una vez más una familia gitana ha invadido la planta del hospital donde trabajo, el motivo, el abuelo Clavería, o Gabarre, o Vargas, o Heredia, apellidos que hemos aprendido a temer los que trabajamos en esto.
Y es que aunque se me quiera quemar en la hoguera por racista, el gitano es un individuo que no respeta nada ni a nadie que no lleve una placa y una pistola, Como ciudadano los llevo sufriendo desde mi más tierna infancia en el barrio en el que vivo. Los sacaron de las chavolas por que eran "presonas" y les colocaron por la cara en pisos de los que no pudieron beneficiarse otros ciudadanos que llevaban cotizando toda su vida porque por lo que parece, esos no eran "presonas".
Pero a lo que voy, amén de no dejarme trabajar exigiendo continuamente mi atención los ocho o diez familiares fijos o itinerantes, privando de mi tiempo y cuidados a los demás enfermos, estos individuos han hecho suya una diminuta sala de espera que debería servir para los familiares de los otros dieciséis pacientes, y lo hacen por el sencillo procedimiento de extender toda la suciedad que se les ocurre por las superficies y el suelo, con la concurrencia además de varios niños menores de doce años cuya presencia está totalmente prohibida pero que es resignadamente ignorada por el personal dada la desobediencia continua y persistente de tales personas y la inoperancia de las autoridades del centro.
No es una situación aislada, la llevo conociendo durante todos los años que llevo en este oficio y se repite en todos y cada uno de los ingresos en los que he participado. Es llegar al trabajo, ver una familia gitana en la puerta de urgencias y asaltarte el temor a que no te toquen precisamente a tí.
Y estos son de los buenos porque aún no he recibido amenazas claras o veladas. Espero que sobreviva y que si no lo hace, que no fallezca en mi turno.
Y ahora, pensand lo que querais.
 

CÓMO PERDER UN IMPERIO POR UN CLAVO

He realizado el turno de noche en mi hospital como enfermero y ha sido una pesadilla. Merced a la epidemia de gripe A, las urgencias se han colapsado por enésima vez, y así, además de los cretinos que acuden a urgencias porque tienen mocos o un sabañón en el culo, han tenido que ser atendidas personas que creían que tenían todo el abecedario de la gripe, y alguna que otra que sí, que vale, que necesitaba ser hospitalizada. 
Lo siguiente es personal de los nervios y presiones a las plantas para que hagan hueco. Sólo hay un problema, bueno dos, el primero es que el número de celadores de que dispone las urgencias es el mismo que el de un plácida mañana de primavera, y el de limpiadoras, lo mismo. Los primeros realizan el traslado de enfermos desde urgencias a las plantas de hospitalización, y las últimas han de tener limpias las habitaciones antes de recibirlos.
Estamos hablando de los sueldos más bajos del hospital: un celador y una limpiadora, pero al parecer son inasumibles para un sistema de salud que derrocha a manos llenas en contratar carísimos servicios externos y haciendo uso descabellado de los costosísimos recursos internos.
Lo expuesto revela a estos modestos trabajadores como la verdadera piedra angular del hospital. A lo mejor merecía la pena contratar a media docena que es lo que viene a suponer el sueldo de un gestor inútil.
 
 

SUSTO O MUERTE

Esta sociedad católica apostólica y meapilas, o al menos sus miembros con pedigrí y capacidad de decisión, siempre han visto  “inaceptable” acabar con la vida de un prójimo cuando éste lo decide voluntariamente o cuando está tan deteriorado mental y físicamente que es incapaz de mostrar su deseo.
Esta peña hipócrita y estreñida que ostenta los más altos cargos eclesiásticos y seglares suele ver con mejores ojos el ajusticiamiento de un recluso “cuando lo tenga merecido” o mandar a morir a los jóvenes en los conflictos armados ya que esto siempre redunda en mantener e incluso aumentar sus privilegios.
Pues bien, tal como deriva nuestra economía, no me extrañaría que la eutanasia se plantee de forma práctica y descarnada cuando se produzca el colapso definitivo de la sanidad y esa cuadrilla de prendas, como han hecho históricamente, secunden la decisión y la aplaudan con las orejas.
Recientemente he vivido la situación de ver cómo un médico –manda huevos- ha permitido el ensañamiento terapéutico con su propia madre de noventa y siete años autorizando todo tipo de terapias, muchas de ellas carísimas, así como maniobras, muchas de ellas invasivas y cruentas, con el incompresible fin de alargarle la vida hasta la inevitable rendición de su machacado organismo.
Habitualmente este inconfesable comportamiento suele tenerlo personas con poco entendimiento o mucho prejuicio moral y religioso. En ambos casos es una decisión inaceptable, pero en el caso aludido es para fusilarlo al amanecer.
Esta práctica de prolongar artificialmente la vida, no es sólo moralmente discutible, sino económicamente inasumible y esta segunda razón será la que acabe provocando una de las siguientes situaciones en las puertas de urgencias:
Un anciano es llevado al hospital en su enésima visita ese año. Se trata de un ser humano cuyo fatigado cuerpo ha dado todo lo que puede dar. Puede ser consciente de su situación y decidir que ya no quiere luchar más, así que decide que le pongan una sedación que en un periodo más o menos corto acabe con su vida, o puede ser una persona cuya incapacidad mental le impide tomar esa decisión. En ambos casos, el facultativo legalmente amparado, realiza el mencionado procedimiento de sedación y nadie sufre.
Pero también puede ocurrir que quien acompaña a este segundo tipo de paciente decida que la vida es sagrada hasta en su más lamentable y mínima expresión, en cuyo caso, el médico responsable les conteste que muy bien, pues que o bien se lo pagan ellos o que lo haga quien se ocupa de las cosas sagradas.
Y es que todos somos muy cristianos hasta que nos tocan el bolsillo.
 
 

AGUJERO VERDE

Ya he comentado alguna vez que trabajo en la sanidad pública. Estoy convencido que es la mejor sanidad de Europa, si no del mundo, pero es como un Ferrari para un obrero: bueno, pero inasumible. Todos hemos contribuido a ello: los pacientes con exigencias a veces estúpidas, los políticos apoyando las estupideces de los votantes, los gestores con su habitual estulticia, y los médicos con su miedo a las demandas, en ocasiones, y con su cara dura casi siempre.
No voy a desgranar de momento el rosario de actuaciones dementes que habitualmente se llevan a cabo en la sanidad y que van a acabar con ella por la vía de la ruina total, hoy sólo hablaré del despropósito de la privatización de servicios y de las horas extras, más conocidas como peonadas, que ha de pagar la población para ser mal atendida por la chapucera obra de gestores y el inmenso morro de los cirujanos y traumatólogos, mayormente.
Para seguir con el razonamiento he de realizar primero una afirmación perfectamente verificada por quien trabaje en esto: no hay médico que cumpla su horario de trabajo, los cirujanos y traumatólogos trabajan prácticamente todos en la sanidad privada y los gestores lo saben, pero hay que entender que no lo solucionen PORQUE TAMBIÉN SON MÉDICOS, y es sabido que entre bomberos no se pisan la manguera.
Partiendo de esta premisa podremos entender mejor porqué se desvían a la sanidad privada tantas actuaciones que deberían realizarse en la pública, o porqué se realizan intervenciones en la pública fuera del horario habitual, es decir horas extras que por supuesto se les pagan a parte de sus sueldos.
Si los médicos cumplieran sus horarios se reducirían considerablemente las listas de espera y no sería necesario ni derivar actuaciones a la sanidad privada, de pésima calidad por cierto, ni pagar peonadas a esos caraduras.
Y ya para mear y no echar gota, lo último: si usted es desviado a una clínica privada para ser intervenido, que sepa que se puede llevar la desagradable sorpresa de que cuando acuda a la consulta de cirugía para el control postoperatorio,  el cirujano que lo atienda puede no querer responsabilizarse del seguimiento de esa cirugía y de sus posibles complicaciones.
A que mola.
 

EL DESASTRE EN CIFRAS

 
 
    En mi profesión (soy enfermero para quien acabe de aterrizar aquí), es muy frecuente encontrarse con un tipo de paciente que ha metido tanto tiempo en hospitales que le podrían convalidar algún curso de medicina, ... o de gramatica parda. No hablo del paciente que desgraciadamente ha sufrido una serie de reveses de salud sin comerlo ni beberlo, sino de aquellos que su vida es un puro desastre porque han hecho siempre lo que les ha dado la real gana, pasándose por el forro escrotal  u ovarial las indicaciones médicas y de enfermería sobre medicación, dieta, hábitos de vida y seguiemiento de su enfermedad. Este segundo tipo de enfermos suele atesorar unos historiales clínicos que estoy empezando a medir en centímetros de grosor para hacerme una somera idea del gasto sanitario que han generado en sus caóticas vidas. Teniendo en cuenta que un sobre de un historial médico repleto puede medir quince centímetros de grosor, y teniendo en cuenta que este tipo de pacientes puede sumar hasta tres y cuatro tomos de historia clínica -pongamos dos tomos de media-, esto nos daría treinta centímetros de grosor de historial médico. Si tenemos en cuenta que en un centímetro caben unos treinta folios, esto nos da un contenido de novecientos documentos incluidos en dicha historia.
    Cada folio suele recoger resultados de analíticas, informes de todo tipo de pruebas complementarias (rayos, escáneres, ecografías, resonancias, gammagrafías, eco dopplers, etc), informes de resultado de diversos tratamientos, informes quirúrgicos, informes de consulta a especialistas, informes de asistencia en urgencias e informes de hospitalización. Si evaluamos económicamente cada uno de dichos documentos, podemos encontrar un gran surtido de costes: desde los treinta y cinco  euros de una analítica ordinaria a los cien euros de una resonancia o un TAC, pasando por los mil euros de un día en una cama hospitalaria o de los mil seiscientos de un día en una unidad de cuidados intensivos, por no hablar de los siete u ocho mil euros de media de una intervención quirúrgica. De tratamiento farmacológico podemos decir por ejemplo que saltibanquis como son estos personajes de los tratamientos antibióticos, han cosenguido hacer sus gérmenes resistentes a casi todo, así que una antibioterapia para esa peña puede costar mil euros y más diarios (verbigratia: zyvoxid: 678 euros/unidad). Se me olvidaba decir que la mayoría de estos pacientes o no han cotizado nunca o lo han hecho de forma irrisoria en relación al gasto que han generado. Haciendo un cálculo pedestre, teniendo en cuenta los costes referidos, podemos otorgar a cada documento, siendo muy conservadores, un valor medio de trescientos euros, y por tanto, a cada centímetro de grosor de una historia clínica puede salir fácilmene por unos nueve mil euros, es decir, un tomo: ciento treinta y cinco mil euros, dos tomos doscientos setenta mil euros, tres tomos cuatrocientos cinco mil euros, y así sucesivamente.
    Todo esto viene a cuento porque para más inri, estos pacientes son especialmente egoistas, insolidarios y acaparadores de recursos y de atención sanitaria, exigiendo constantemente el cumplimiento de sus absurdas peticiones, hablándote de sus derechos y riéndose en tu cara cuando les recuerdas sus obligaciones. Estos troles del género humano se están cargando los recursos sanitarios con la aquiescencia de políticos imbéciles, gestores pusilánimes y médicos complacientes.
   Si eres un ciudadano normal: responsable, respetuoso y considerado y acudes en ayuda de asistencia sanitaria para ser tratado como un borrego, ya sabes lo que tienes que hacer: di que perteneces a una minoría étnica y monta un pollo.
 

HABLEMOS DE ENFERMERÍA

    Hoy, sintiéndolo mucho, tengo que volver a hablar de mi profesión. Soy enfermero como ya he dicho en otras ocasiones, y el motivo de volver a sacar a relucir la enfermería es una experiencia reciente a la que no voy a aludir por ser soporiferamente aburrida, sino a que la misma me ha recordado lo que supone el trabajo de enfermero y sus múltiples conexiones e implicaciones.
    Llegado a este punto, he de aclarar que la fotografía que ilustra este escrito no se ha introducido por error: es que refleja como nada en qué se ha convertido este trabajo. Y es que lamentablemente, por sexo, tradición, cultura, o debilidad de caracter, hemos conseguido que se cree una expectativa de sometimiento al capricho de pacientes, médicos y dirección.
    Quien teoriza sobre las importantísimas e insustituibles funciones de la enfermería, sobre su independencia, su expléndida formación y su papel en una sociedad igualitaria y más humana, no se entera de nada y no ha tenido que sufrir que un paciente te llame "la chica", te presione con exigencias absurdas o te amenace con lo primero que se le ocurre. Lo triste es que muchas compañeras no hacen frente a estos comportamientos ya sea por miedo o por estupidez y que si lo hacen pueda derivar en quejas en a la  dirección o lo que es peor para ésta, en una carta a un medio de comunicación, coco malo para los gestores del centro.
    Quien teoriza, ignora al parecer que nuestras funciones específicas son todo lo ambiguas que les salga de las gónadas a nuestros superiores funcionales y jerárquicos, y enfermería, traga.
   Quien teoriza, también parece ignorar que para las direcciones somos material fungible y no les importa un carajo nuestros problemas profesionales, ya no hablemos de los personales, enfermería sigue tragando.
    Si un enfermero o enfermera sigue soportando la humillación de tratos vejatorios y chulescos por parte de los pacientes, la humillación de actitudes decimonónicas y arrogantes por parte de los médicos, la humillación de desprecio y soberbia por parte de las direcciones, debería preguntarse para qué realizó el tremendo esfuerzo que supone la formación universitaria si al final lo que tiene es un triste empleo de geisha.
    Hala, a pensar.
 

COGÉRSELA CON PAPEL DE FUMAR

    Soy enfermero y trabajo en una planta de hospitalización y ustedes como clientes que son según la última moda en gestión, han de saber que tienen derecho a insultarme, vilipendiarme, manipularme y humillarme sin la menor consecuencia, y mi menda a callar. Y si no callo, pues nada, ustedes ponen una reclamación, que mis superiores no moveran un dedo por defenderme temerosos de que vaya usted a la prensa a contar lo que les salga del arco del triunfo y se entere every people de como gestionan esos preclaros gestores sus respectivos chiringuitos.
    A disfrutar, que es barra libre.
 

COMPAÑEROS DE FUSTIGAS

            Desde mis más tiernos inicios en el mundo laboral se me ha intentado inculcar que uno ha de integrarse en los equipos de trabajo para ser más operativos y rentables. Y ésto no sólo se lleva a cabo cumpliendo con tus deberes personales, sino respondiendo permanentemente a las necesidades de dicho equipo con el sobreessfuerzo que sea necesario. Según las reglas no escritas, además, siempre en mor de la eficacia,  debes establecer con dicho equipo una relación amigable y chachipiruli.
            Vayamos por partes: ¿quiénes forman parte de dicho equipo? Habitualmente el mando intermedio y varios currelas de distinta categoría laboral. Empezamos mal, ya que el jefe sempiternamente escurre el bulto ante los problemas y “delega” su resolución a sus acólitos, entre los cuales, como ya he dicho suele haber de distintas categorías profesionales, y el acomentimiento de los problemas se sustancia echandose el muerto unos a otros, eso sí, siempre con la sonrisa en los labios y el puñal en la mano tras la espalda.
            Sólo en una sociedad solidaria y responsable sería posible tal entelequia. Desde luego, no en la nuestra.
          Y si sigues predicando la idea, o eres un capullo, o crees que los demás lo són.
 

SURICATOS Y SINDICATOS

                Estas simpáticas mangostas llamadas suricatos lanzadas a la fama entre otros por el inolvidable Rey León de la factoría Disney, con sus nerviosos movimientos y adorables caritas, me han robado el corazón, …. Igual que los sindicatos, de torpes movimientos y embotadas carazas me han robado la ilusión. Ambos son de hábitos sociales, están acostumbrados a la vida subterránea y trabajan lo menos posible, pero mientras los primeros me suelen hacer reír, los últimos me hacen llorar y preguntarme que pintan además de pancartas. Nunca ha estado la clase obrera más jodida en democracia como ahora y nunca he sentido más nauseas que cuando se pasan por mi puesto de trabajo, casualmente sólo en vísperas de elecciones sindicales.
                Los suricatos se alzan de puntillas sobre la madriguera para vigilar el acecho de depredadores. Los sindicatos sólo salen de la suya para que comprobemos que siguen vivos.
                Hakuna matata.
 

VIEJOS: NO TE HACEN CASO EN EL OCASO

            En mi calidad de enfermero ya hablé en otra ocasión del anciano hospitalizado donde hacía un alegato en favor de la eutanasia. En estas líneas voy a abrir el foco y hablaré del anciano en general. Para ello estableceré tres categorías: 1) el viejo en cautividad: se trataría del que acabo de mencionar, 2) el viejo en semilibertad: anciano institucionalizado en un asilo o residencia para los amigos de los eufemismos, en casa de la hija, o -¡Dios nos asista!- en la de la nuera, y que tiene cierta autonomía de movimientos extramuros, y 3) el viejo en libertad que es aquél aún vive en su casa.
            Sobre el primero no me extenderé más y les remito a una entrada que hice hace algún tiempo y que titulé “Una consideración ética” en la que hablo del abandono que sufren ese tipo de ancianos y del encarnizamiento terapéutico del que son objeto en muchas ocasiones.
            He conocido de cerca al viejo en semilibertad ya que también he trabajado en un asilo (¡huy!, residencia, para los mojigatos) En estos centros hay toda una variedad de personas mayores, muy mayores y extremadamente mayores, los cuales son clasificados por los profesionales también en tres categorías: autónomos, semiautónomos y dependientes (como podrán ustedes apreciar no paramos de clasificarlos como si fueran cerezas del Jerte).
Pues bien, sin entrar en consideraciones de si se trata de centros públicos (¡oh my God!) o privados (¡oh my Jesus Christ!), realizaré una descripción del ambiente que se respira en los mismos: amoniaco, ya está. Bueno perdón por la broma, porque aunque es cierto, aún no está del todo explicado el surrealista mundo de un centro de este tipo, hasta el punto que merece un punto y aparte.
            Situémonos: un montón de ancianos en distintos tipos de dijievolución que o bien se encuentran en su habitación haciendo cosas de viejo, o compartiendo espacios comunes: la sala de estar, el comedor, o la sala de espera del médico –si lo hay- del centro. Dejaremos a los que están en su habitación en su preciado espacio de seudointimidad, como ya he dicho haciendo sus cosas, y nos damos una vuelta por la sala de estar. Si tenemos suerte los veremos mirando el televisor, mirando el vacío o jugando al cinquillo con otros colegas de juerga de haloperidol. Si no tenemos suerte, los veremos en un animado baile organizado por el personal y que mostrará la cara más fea, patética y abracadabrante de la vejez: ancianos con osteoporosis haciendo méritos para el próximo ingreso en traumatología, eso sí, con forzadas sonrisas que exhiben sus perfectísimos dientes de resina acrílica.
            En la antesala del médico, bueno, pues ya se sabe: compitiendo por quien tiene más bypass, más artritis o toma más Sintrom. Pueden ser batallas encarnizadas. De aquellos que conmueren con familiares hablaré en otra ocasión.
            El viejo en libertad es mi favorito, todavía conserva algo de nobleza: come lo que quiere, se administra las pastillas con creatividad y revienta un día con la sonrisa en la boca porque se ha pulido en putas la herencia de sus deudos.
            Reciba un cálido homenaje.
 

SUPERVÍBORAS, ENCARGADOS Y OTROS MANDOS INTERMEDIOS

        Servidor ha tenido la desgracia de ser un contestatario tocapelotas desde que recuerda, y por tanto ha ocupado siempre puestos de trabajo en un lugar bastante desfavorecido en las cadenas de mando.
    Esto me ha posibilitado sin embargo conocer la rica fauna de los arribistas, pelotas y mierdecillas que suelen optar y conseguir el discutible honor de ser un mando intermedio.
    Para los profanos, un mando intermedio es el jamón de york del sándwich, es decir, empanado por arriba (dirección) y empanado por abajo (compañeros), en otras palabras, y empleando otro término más nuestro: emparedado, para que no parezca tonto del todo y nos dé un poco de lástima.
    Se trata de compañeros renegados que se ha pasado al lado oscuro de la fuerza mediante la ingesta de una poción que los convierte en cancerberos de discrepancias, concertina de disensiones, ejecutores de disciplinas y muralla protectora de los dioses del Olimpo, amén de correa de transmisión de cualquier ocurrencia de los mismos.
    El menda que sufre alergia congénita a la autoridad ha conocido suficientes elementos de esa especie para asegurar que el mundo estaría mejor sin ellos. ¡Señores Dioses de la Jefaturas: llenen sus plantillas de trabajadores serios y competentes y no tendrán necesidad de una figura tan lamentable!
    Para ser sincero solo se me ocurre un inconveniente: no les quedaría nadie para hacerles la pelota.
 

CUIDADORES DE CUIDADO, DEUDOS DE DUDOSA MORAL

    Habla de nuevo el enfermero más dicharachero de la zona Salud. Hoy sobre humor y horror, digamos hurror.
        Respecto a la parte humorística, sobre estas líneas vemos dos tarjetas que servidor se encontró el otro día en el lavabo del baño de la planta: dos teléfonos diferentes de cuidadores, dos precios idénticos, … pero sólo en apariencia, porque si miráis con detenimiento la tarjeta de la derecha de la imagen veréis que parece sugerir que Nuestro Señor tiene algo que ver, y por lo tanto, comparativamente es bastante más barato frente a lo que ofrece la agnóstica y funcional de la izquierda.
        En lo que se refiere al horror, en la realidad nos encontramos con que las personas que al final vienen a cuidar a los enfermos, habitualmente con otros acentos y diferente color de piel, no vienen en compañía tan noble, sino arrastrando una existencia cargada de desengaños, humillaciones y fatigas.
        La tentación de compadecer a dichas personas es grande, pero no lo haré en beneficio del más débil: el enfermo, habitualmente anciano, semi o totalmente abandonado por su familia que le parece bien pagar 25 Euros para que una persona pase la noche en vela, pendiente del viejito, de si se destapa, de si se arranca las vías, de si se come sus propias heces, o de si se muere. La cantidad mencionada es miserable si de verdad pretendemos tener a una persona dedicada en cuerpo y alma durante toda una laaaaaaarga noche desvelada, preocupada y ocupada con un enfermo de esas características. Pero nos han enseñado que las leyes del mercado son así: oferta y demanda, es decir ofrece una mierda y demanda cuidados cinco estrellas. Mira, a veces no me extraña que en muchos casos dichos cuidadores se peguen la noche durmiendo.
 

    CON LA CARA Y EL CULO AL AIRE

 
             Que quienes nos administran son tontos del culo creo que ha quedado sobradamente demostrado, pero abundaré un poco más en la idiotez institucional con un detalle de oligofrenia administrativa. Resulta que en el hospital donde trabajo me exigen que lleve un carnet identificativo colgando de mi uniforme donde figura mi nombre, apellidos y categoría profesional. Estoy hablando de una profesión –soy enfermero, como ya he dicho otras veces- que los pacientes y sus familias creen vocacional, y por tanto que tenemos que aguantar sus manías, caprichos, imaginativas exigencias, etc., y si no les mola nuestra actitud, el psicópata de turno sólo tienen que mirar nuestra identificación para saber con qué esclavo de la sanidad están tratando. Luego les basta con teclear ese nombre en Google para averiguar su teléfono particular y dónde vive el y su familia.
                A pesar de la enorme responsabilidad que cargamos sobre nuestras espaldas tiene más protección cualquier otro servidor público. ¿Os imagináis a un funcionario con su nombre y apellidos prendido en su ropa o a un policía plenamente identificado con una tarjetita junto a la chapa?  Pues eso, amados líderes: ¡al rincón de pensar!
 

POLARIDAD

     
    Como ya he dicho en otras ocasiones, soy enfermero de hospitalización y como todo el mundo sabe elegimos esta profesión por vocación de servicio, abnegación y altruismo. Somos ángeles que en virtud de dicha vocación hemos de estar dispuestos a aguantar impertinencias, faltas de educación, de respeto, manías, caprichos y habitos higiénicos deficientes..., vamos como una puta.
    Esto se hace patente sobre todo en dos tipos de paciente y sobre todo en sus familias: gitanos y "marqueses" entendiendo este último colectivo como personas de cierto nivel económico y social que presumen que la humanidad ha sido parida para servirles. Pues bien, aunque pudiera parecer que dos extremos del espectro social no resistirían similitudes, la realidad es que se parecen como un huevo a otro. Los denominadores comunes son incapacidad para sentir empatía, exigencias hasta acaparar todos los recursos, egoismo, intolerancia a las normas que vulneren sus santos cojones y clasismo que a menudo deriva en la endogamia.
    Conociendo como conozco las consecuencias de esta última, yo, personalmente los animo a seguir con ella.
 
    

RETRATO DE UN HOSPUTAL

    Antes de nada: el título no contiene una errata.
    Hace unos días presenté una breve semblanza de un centro sanitario que conozco bien. En él hablaba de las zancadillas que la acción  o inacción de la dirección del mismo nos pone a los profesionales que trabajamos en allí. Hoy realizaré una exposición más detallada de lo que se puede conseguir con la sanidad pública poniendo el suficiente empeño.
    Al hosputal se puede acceder de dos maneras: de forma programada o por Urgencias. Si tiene usted la desgracia de llegar por este servicio, va a encontrarse en primer lugar a unos administrativos de Admisión que le van a tomar datos y lo encaminan a una enfermera mal pagada que en un máximo de dos minutos (tiempo establecido por sus superiores) ha de determinar la gravedad del mal que lo aqueja con el fin de establecer la prioridad conque le deberán atender. Es la enfermera de Triaje. Esta labor, como toda aquella que incomode a un médico, se delega graciosamente a la enfermería vendiéndole la moto de que así se amplían sus responsabilidades y se da valor a su profesión. Valor puramente simbólico ya que cobra exactamente lo mismo de lo que cobraba antes de tragarse ese bombón.
    Pues bien, a toda prisa, es usted redirigido a una sala de espera donde ha de aguardar a que suene por megafonía su nombre. Igual tiene suerte y hay partido de futbol –casi nadie se pone enfermo en esas ocasiones-y sólo tiene que esperar un  par de horas a que lo atiendan, y vuelve a tener suerte cuando lo llaman por megafonía y ésta funciona. Por ella le piden que acuda a un box -habitáculo- donde si le vuelve a acompañar la fortuna por decir algo- y se ha puesto enfermo entre el lunes y el viernes y ha coicidido que es por la mañana, lo verá un médico adjunto.
    Un médico adjunto es un señor-barra-señora que hace mucho que ha perdido la pasión por su profesión pero que tiene los conocimientos imprescindibles para que salga vivo del edificio. Si no es afortunado lo verá un médico residente.
    Un médico residente es un joven-barra-jovena que es posible que haya perdido tempranamente la pasión por su profesión gracias al millón de guardias y el otro millón de marrones que les ha empujado el médico adjunto. Es un médico que está aprendiendo a no matar pacientes y a sobrevivir en el hosputal. Por lo que sea hay una gran profusión de latinoamericanos con los que la comunicación no siempre es fluida gracias a compartir un idioma común separado por ocho mil kilómetros y cinco siglos de evolución dispar. Sólo imagínese que está hablando en esa supuesta lengua común intentando solucionar un problema con su compañía telefónica, y cambie el concepto “teléfono” por el concepto “salud”. Da un poco de miedo.
    Si consigue pasar esta pantalla y accede a la siguiente tras recibir una serie de agresiones a su integridad tisular y personal, tiene dos caminos en perspectiva: vuelve a tener suerte y sólo tiene gases y se pira, o le dicen que se vaya poniendo un pijama uni-talla y uni-sex y lo aparquen en el pasillo ya que una de las salas de observación está cerrada porque es caro mantenerla abierta y es mejor gastar el dinero en pagar indemnizaciones cuando se sustancien tras un proceso judicial impulsado por un usuario.
    Si los hados vuelven a serle propicios y es una persona relativamente joven y su salud no es preocupante en las próximas veinticuatro horas, puede que sobreviva a la experiencia de estar acostado en una camilla dura como la madre que la parió hasta que lo puedan pasar a una cama para trasladarlo a una planta de hospitalización.
    Se le acaba a usted la fortuna ya que su dolencia pertenece al campo de la traumatología. Lo siento. Usted creía que lo iba a atender un médico ¿verdad? Eso creen todos, ¡ilusos!
    Un traumatólogo ha estudiado en verdad medicina, pero como lo hacía con el rabillo de su consciencia ya que su enfoque principal estaba dirigido a la pasta que se puede ganar en la sanidad privada, resulta que sólo se ha enterado fugazmente de la anatomía y los problemas consuetudinarios del esqueleto y anejos. Esto quiere decir en román paladino que más vale que su problema sólo sea musculoesquelético, y de aquella parte de su anatomía que dieron en clase aquél día que se equivocó y asistió.
     Otra peculiaridad de los traumatólogos – y de los cirujanos en general- es que tienen una especie de pensamiento mágico según el cual, aquello de lo que deberían haberse preocupado y ocupado y no lo hicieron, es resuelto por unos “umpa-lumpas” –seres que viven permanentemente en el hosputal que se alimentan de pastillas para la tos y beben suero glucosado- a los que habitualmente se les llama enfermeros-barra-enfermeras.
…to be continued.
    
    

NAVEGAR CON VIENTO DE PROA

      Un hospital que yo me sé, buque insignia de la sanidad en mi región,  está para que lo demuelan y planten un huerto berzas.
            Construido hace sesenta años, hoy es un vetusto edificio tan difícil de gobernar como una nave desarbolada y sin timón cuyos aparejos, además, se han abandonado al desgaste del tiempo y los temporales sin hacer apenas esfuerzo por repararlos o sustituirlos. ¿Qué suerte de desidia lleva a que se sucedan las direcciones-gobiernos de la nave perpetuando el desinterés por dotar a este barco de aquellos elementos que le confieren utilidad y razón de ser?, ¿no estará acaso el castillo de popa –donde se cobija la oficialidad- sobredimensionado en pertrechos y personal?, ¿no estaremos malgastando recursos en ocurrencias perfectamente prescindibles como cambiar plantas enteras de hospitalización de un edificio a otro, esternalizar servicios y crear figuras tan inútiles como se ha demostrado con la experiencia como la del gestor de camas? ¿no conocemos  todos a personas absolutamente incompetentes e inoperantes ocupando cargos para los que no están cualificados?
            Entre tanto, el sanitario se ve diariamente torpedeado en el ejercicio de su profesión por material que no funciona  por viejo o porque en su adquisición han primado razones inconfesables. Y el paciente lo sufre sin entender por qué a la silla de ruedas le faltan piezas, los timbres de la cama no funcionan, las tuberías huelen a rayos, o el esparadrapo no consigue contener el vendaje en su sitio, por qué faltan almohadas, colchones antiescaras, no tiene luz en la cabecera de la cama, o el espacio de la habitación es tan reducido que introducir algo tan poco necesario como un carro de parada cardio-respiratoria, un aparato portátil de rayos o uno de electrocardiogramas es imposible si realizar previamente una suerte de tetris mobiliario.
            Pero, tranquilos, algún día se hará cargo de todo esto alguna persona razonable y con vergüenza torera. Creo en la magia.
 

UNA CONSIDERACIÓN ÉTICA

     
    Como ya he comentado en otras ocasiones, soy enfermero. En la actualidad trabajo en una planta de hospitalización de medicina interna. La media de edad de mis clientes es de ochenta y seis años y subiendo. El organismo humano tiene la asquerosa tendencia de deteriorarse poco a poco y en llegando a los ochenta  lo hace en progresión geométrica de forma que en cuatro días te haces con una buena colección de deterioros, insuficiencias y otras pachucheces.
    Esta sociedad católico-apostólica, hipócrita y pacata nos dice que desde que se unen un óvulo y un espermatozoide hasta que como consecuencia de ello, noventa años más tarde, el ser humano pasa a tener la misma conciencia que ese primitivo huevo, la vida es sagrada y hay que preservarla caiga quien caiga.
    Sólo estoy de acuerdo en la etapa intermedia, es decir cuando tienes los atributos de un ser humano, no de un embrión o de un puñetero geranio.
    Quienes estamos en contacto con ancianos enfermos sabemos muy bien lo que es la morbidez, soledad y desamparo que sufren estos pacientes: empaquetados al servicio de urgencias media docena de veces al año, ingresados al menos en la mitad de las ocasiones y abandonados en la planta por sus familiares a los diez minutos de haber aterrizado.
    Eso sí, en los miserables minutos que les hacen compañía dichos deudos han de demostrar a todo bicho viviente lo mucho que se preocupan del paciente y para ello marean lo que haga falta al personal exigiéndole todos los cuidados y atención que llevan años negándole ellos mismos.
    Como consecuencia, y ante la indefensión legal e institucional del personal sanitario, se practica la llamada “medicina defensiva” que consiste en hacer prácticamente todo lo que se le demanda, es decir: escáneres, maniobras invasivas, costosos procedimientos médico-quirúrgicos y toda la mandanga que haga falta para que las familias no se querellen con uno.l
    Ni qué decir tiene que dichas actuaciones, además de ser costosísimas, son absurdamente desproporcionadas, negándoseles dichos recursos a personas que sí se beneficiarían de los mismos.
    Es hora pues de hablar claro: eutanasia, si, ya, por favor. Por lo menos para mí y las personas a las que quiero.
 

JUSTICIA POÉTICA

    Soy enfermero. No siempre lo he sido: he trabajado de aprendiz en una farmacia, de administrativo, he vendido pisos, me he dedicado al audiovisual en todas sus facetas, pero sólo en este trabajo, la enfermería, he encontrado los estímulos suficientes para ir cada día a trabajar sin preguntarme que coño hago yo de interés en esta vida.
     Esta ocupación me ha permitido además rodearme (escasas excepciones aparte) de compañeras de extraordinaria calidad profesional y humana. Hablo de enfermeras y auxiliares de enfermería. A los médicos no puedo considerarlos compañeros ya que marcan perfectamente las distancias con su actitud y su clasismo.
    Pues bién, este fantástico colectivo de profesionales es sistematicamente puteado por las direcciones de los hospitales: bien aumentando las cargas de trabajo, bien privándolos cicateramente de los recursos humanos y materiales necesarios para el digno ejercicio de su profesión.
    Ahora sí, como dichos gestores o sus familias también enferman -justicia poética-, y como saben que fuera de la sanidad pública, todo son intereses económicos, se hacen ingresar en un hospital público, eso sí, haciendo valer todo su poder para ser atendidos como si de una clínica privada se tratara, es decir, exigiendo al esforzado personal todo aquello que le niegan en cuanto les dan el alta.
    Todos los días rezo para que reciban lo que administran.