HISTORIA DE YO

Somera e interesada, si no interesante, autobiografía.

 

LOS INICIOS DE LA MEMORIA

    Dicen que es muy difícil tener recuerdos anteriores a los cinco o seis años. No es una ley absoluta, pero en mi caso es cierto.

    Mis padres llegaron al barrio Las Fuentes allá por 1961, yo tenía seis años y si escarbo en mi memoria, aparecen los primeros recuerdos más o menos fechados en esa época.

    Como ya he comentado en algún momento, dada la diferencia de edad con mis hermanos, la interacción no fue más allá de las rutinas de convivencia en casa, en Ateca, en los escasos viajes familiares, siempre faltando alguien para ser completos, o en las visitas a Agramonte.
Para colmo, montarme en el coche y marearme era automático, ya no hablemos de las curvas en la falda del Moncayo a su paso por Trasmoz, Vera de Moncayo, y todos esos pueblos que no recuerdo. Me vienen imágenes del monte adivinado tras la niebla de la altitud, y de las paradas ocasionales a tomar algo en un bar de pueblo.

    La relación con mi madre fue la habitual con un hijo varón: hasta la adolescencia es de casi total dependencia y el cariño fluye en ambas direcciones sin necesidad de verbalizarlo, pero al llegar a ese punto en el que todo hombre reclama su territorio personal, la madre pasa a un segundo plano ya que las coincidencias suelen ser pocas y se materializan en un tira y afloja donde, lamentablemente, las demostraciones de cariño por parte del hijo se escatiman cicateramente mientras la madre lo mira y suspira.

    Como ese hombre en ciernes que llegaría a ser, la relación con el mi padre fue distinta. No diré que más estrecha, si no de más complicidad, al fin y al cabo, uno aprende a ser hombre tomando a su padre como modelo: observa sus gestos, cómo se afeita, cómo camina, cómo habla, imita su caligrafía e intenta firmar con su estilo. Mi padre me transmitió su afición al cine y al café, a hablar correctamente y respetar las normas de urbanidad, a valorar el compromiso, a ser honrado, a no amilanarme ante las dificultades, a tomar conciencia de mi valía y defenderla a ultranza. Creo que no está mal para ir tirando.

    Le gustaba pisar fuerte, hablar alto en la calle para superar el jaleo del tráfico, pararse súbitamente para reforzar un argumento, y darme cariñosas palmadas en la zona lumbar, las cuales me hacían dar un bote porque siempre he tenido esa zona muy sensible, lo que parecía olvidar en cada ocasión.
Rituales, viejos chistes, manidas anécdotas: era el rey de la repetición. Siempre fue cariñoso con nosotros, pero, chapado a la antigua como era, una mirad suya y a callar todo el mundo.

    Entre sus habilidades para entretenernos estaban un juego de prestidigitación para adivinar cartas, la capacidad para hacer un sostén con una servilleta, o dibujar un Charlot y un guardia civil, siempre iguales, como fotocopiados.

    Estaba muy orgulloso de que le superáramos en todo, y en particular en la estatura, así que nos premiaba a cada uno de nosotros cuando llegábamos a medir más que él.
No obstante estaba muy orgulloso de la fuerza de sus brazos y le gustaba probarnos echándonos un pulso. Siempre ganaba.

    Niño de la guerra que fue, gozaba con vernos comer con apetito y en las celebraciones me hacía pornerme a su lado para echarme en mi plato lo que el decía no poder comer.

    De mi hermano mayor recuerdo su seriedad, su paso por los “boy scouts”, su afición a salir al monte “a andar” como decía a la mi madre, cuando en realidad se dedicaba a colgarse de una cuerda en las paredes de los mayos de Riglos, o de cualquier otro lugar lo suficientemente vertical.

    También recuerdo que se hizo con unos esquíes de madera del ejército que pintaría de azul, y vestido con unos vaqueros impermeabilizado con plásticos para emular con cierta cutrez a los niños pijos que iban con todo el equipo “ad hoc”, y codearse, o más bien tropezarse con ellos en las pistas de Formigal o Candanchú.
No estoy seguro, pero creo que tuvo algún flirteo con la espeleología, ya que durante muchos años tuvo en el escaparate de la relojería unas estalactitas que se agenció de alguna gruta.

    Recuerdo su mili y como venía siempre con sueño y se quedaba dormido en el sofá de escay rojo.
Y recuerdo por último su percance al lanzarse desde un trapolín mal diseñado que le reportó luxación de ambos codos con pérdida de fuerza que aún le dura.

    No recuerdo su operación de apendicitis, pero sí, ver como la exhibía a veces como trofeo de guerra.
Recuerdo cuando se sacó el carné de conducir, y a nuestro padre poniéndolo nervioso en el R-8, pisándole el pie sobre el acelerador en las ocasiones que debía acelerar y machacándole con frases como: “el mejor conductor no es el que más corre sino el que menos accidentes tiene”, o “la velocidad ideal es 80-90-100, 80-90-100”, "si ves a un ciclista déjale espacio para caerse", o detras de un balón siempre sale un niño, y mi hermano aguantando y tragando mecha. No sé cómo lo hacía.

    Tampoco sé cómo pudo aguantar casi cuarenta años trabajando día a día y  codo con codo con nuestro padre, con sus manías y carácter autoritario. Yo sólo aguanté unos días cuando se le ocurrió que podía ser relojero ya que no me gustaba estudiar y me tuvo desmontando y montando despertadores.

    A pesar de ello mis visitas a la relojería siempre eran placenteras por la atmósfera de recogimiento que se respiraba con su concentración en el trabajo de, la media luz que proporcionaban los “flexos” y la señora Francis dando sabios y cristianos consejos a las jovencitas desde la radio.

    De mi hermana recuerdo mis peleas con la, normalmente por quién tenía la razón por algo, o de quién era tal o cual cosa en vista de que ya llevaba su nombre escrito. Nunca llegó la sangre al río, y se zanjaban normalmente a favor de ella. Su genio era y es vivo, pero aún sin modular por entonces, mandona pero un poco madre, como todas las mujeres, lástima que no fuéramos del mismo sexo, porque la menor diferencia de edad quizá hubiera posibilitado más complicida, o que nos estuviéramos discutiendo todo el día.

    Recuerdo su corto noviazgo con un chalado en Miguel Servet con el que cortó y que al vivir en un inmueble frente al nuestro, le hacía gestos amenazadores desde la ventana. Un gilipollas que me alegro de no haber sufrido como cuñado.

    No trabajó fuera de casa como nosotros y se vio relegada con más o menos voluntad por su parte a ayudar a nuestra madre en la casa. Se que hubiera querido otro destino, pero todo parecía fluir en la misma dirección que era estar sometida a sus padres y hermanos. Mi hermana me recuerda una anécdota que ocurrió cuando protesté porque no le gustaba cómo me limpiaba los zapatos. Craso error: se negó a limpiármelos más. ¡Qué huevos teníamos los machitos de la época!

    Mi hermano pequeño era un niño silencioso, pasaba desapercibido con facilidad, máxime con una familia tan ruidosa a su lado. He visto películas de sicópatas que tuvieron una infancia semejante.

    Lo primero que me viene a la cabeza es que me pidió en una ocasión que le hiciera un dibujo de un leñador caminando por la calle de un pueblo, lo necesitaba para un grabado, y él, que es bueno dibujando, no le salía si lo tenía que inventar. El dibujo aparece más adelante, cuando habla del profesor Pascual Blanco.

    Recuerdo con especial afecto, que era muy juguetón, y a menudo nos peleábamos en broma. 

    Me llevé un buen susto cuando volvió del primer permiso de la mili en Canarias. Estaba delgado, pero sobre todo, estaba triste. Tenía una mirada que acongojaba, pero, reservado como es, a mí no me contó el sufrimiento que tuvo que producirle dejar su casa, su madre (estaba muy enmadrado), y marchar a tropecientos kilómetros a un sitio que no quería ir, a hacer cosas que no quería hacer, con personajes que era mejor no conocer en la mayoría de los casos.

    Tuvimos que hacernos mayores para tener un trato más cercano, contarnos nuestras inquietudes y hablar en definitiva como personas cercanas, con las inevitables reservas que le impone su carácter, claro.  He disfrutado y sigo disfrutando de cada conversación con Mario y en los últimos tiempos, esta cercanía nos ha llevado a colaborar en éste libro, entre otros.

    A veces me exaspera su postura apaciguadora sobre las cosas que más me irritan de la sociedad, y no pocas veces le “provoco” con una afirmación que sé que no tardará en ser contrarrestada con su particular forma de echar agua al fuego.

UN HOGAR, PEQUEÑO, PERO HOGAR

EL PISO

    Llegamos los cinco al barrio Las Fuentes de Zaragoza a un piso recién construido y recién comprado por  unas 160.000 pesetas, de las cuales sólo se había pagado una señal, ahorradas como muchos españoles de la época con gran esfuerzo, y en el caso de mis padres, en un acto de temeridad, ya que como guardia civil tenía prohibido vivir fuera del cuartel en el que ocupaban unas viviendas mas cutres que una comuna hippy por lo que los superiores solían hacer la vista gorda sobre este particular.

    Se trataba de un piso de protección oficial de 61 metros útiles, por decir algo, ya que apenas acogía a los cinco que no tardaríamos en ser seis miembros familiares, por no hablar de su posterior uso como piso patera acogiendo a toda clase de parientes del pueblo, ya sea haciendo la mili , formándose en una profesión, o lamentablemente por razones de salud de nuestra madre, en cuyo periodo llegamos a vivir increíblemente nueve personas: cinco por nuestra parte y cuatro por la parte de la familia de una tía con la que convivimos durante mucho tiempo.

    La vivienda se componía de cuatro habitaciones: una cocina- comedor y tres dormitorios, así como un pequeño baño. Nuestra madre, echándole imaginación y trabajo, promovió una serie de reformas que si no estiraban los metros, los hacía más aprovechables. Ríase usted del funcionalismo japonés.

LOS MUEBLES
    La mini cocina, sin más tabiques ni protocolos, vecindaba con el mini comedor (debimos ser pioneros en el concepto de cocina-office).

    Se componía de una pila de granito como fregadero  y una cocina de carbón, y a parte del mismo comedor, en un rincón, bajo la ventana, otra pila de granito, en este caso para lavar la ropa.

    Cuatro hijos y dos habitaciones en principio es fácil de administrar si no fuera porque uno era una chica y como consecuencia de ello, la chica se lleva una y los tres chicos la otra.

    Tampoco era una bicoca para mi hermanai, ya que mi padre, para redondear su más que humilde suelo, arreglaba relojes en un coqueto “bureau” en su habitación, lo que limitaba el mobiliario a la cama y una pequeña mesilla.

    El resto de hermanos no desperdiciábamos espacio precisamente. dos camas ocupadas según el siguiente reparto: mi hermano mayor en una y el pequeño y un servidor en otra (las literas eran cosa de las películas), y no recuerdo armarios ni otros lujos. Al baño, con el tiempo le apareció un plato de ducha abatible y en el comedor la nevera de hielo se sustituyó por un frigorífico, la cocina de carbón por un fogón de gas y la radio pudo gozar de la compañía de un televisor Vanguard de diecinueve pulgadas, así como de un sofá horroroso de eskay rojo y mi madre dejó de despellejarse las manos tras comprar una primitiva lavadora eléctrica, lo último en tecnología del hogar.

    Por cierto que hasta que llegó la tele a nuestra casa pudimos gozar al salir del colegio de la cutre programación infantil que venía a durar una hora en casa de la señora Rosa del tercero centro en compañía de sus hijos.
 


MI SEGUNDA ESCUELA: LAS CALLES, LOS CAMPOS Y EL RIO

    Es una pena que no tuviéramos teléfonos móviles en la época (bueno, ni teléfonos inmóviles) para haber recogido imágenes de nuestra calle y juegos.

    Vivíamos en la calle Florián Rey, nombre artístico del afamado director cinematográfico de principios de siglo XX cuyo verdadero nombre era Antonio Martínez del Castillo (me acabo de enterar por Wikipedia).
Era una calle tranquila, con algún bloque en construcción, una peluquería, algún comercio y algunos talleres. Por ella pasaba un coche aproximadamente cada hora u hora y media, lo que permitía jugar partidos de futbol en los que las portería era la persiana de un local cerrado.

    En ella se jugaba además de al futbol, a las chivas (canicas en otros lares), a los tacos (tacones de zapato), a las estampas (cromos para los finos), al marro pared, marro pañuelo y al churro va. Las niñas, a la comba, a la goma y al tejo o descansillo, a papás y mamás o a los médicos con ellas en la intimidad de los patios, … y a otro montón de cosas que seguro he olvidado. De vez en cuando nuestros juegos eran interrumpidos por el grito de una madre: “¡fulano, sube!, ¡que subas!, ¡a que se lo digo a tu padre!...”.
Y así pasábamos los días, asilvestrados, mientras se nos quedaba pequeña la ropa y nos salía una ridícula pelusilla en el labio.

    Sin duda, una gran parte de lo que soy se forjó en las calles de mi barrio. Como en seguida se adivinará, algunas de esas cualidades se han extinguido con el tiempo.

    Espíritu libre que siempre me he sentido, encontré en ellas y en sus solares y descampados la libertad que anhelaba mi espíritu.

    Mediante los juegos con otros niños en el amplio horizonte de mi barrio, desarrollé el gusto por la camaradería, el espíritu competitivo, el placer de la aventura, la afición al misterio y la curiosidad por todo cuanto me rodeaba.

    En esas calles jugué, amé y peleé como sólo sabe hacerlo un niño: poniendo su alma en el empeño.
Las huertas, los terrenos baldíos, la naturaleza salvaje de las riberas del Ebro y del río Huerva, todo ello contribuyó a vincularme a la tierra en su más ancestral acepción, y aunque me he considerado un urbanita, ahora soy consciente de que gocé de placeres sólo destinados a los niños de los pueblos, y que otros muchachos con viviendas más céntricas se perdieron para siempre.

    Quien no se ha sumergido en un rio, ha cazado todo tipo de bichos (algunos de ellos, pájaros –lo siento mucho, no volverá a ocurrir-), quien no se ha subido a los árboles, ha construido cabañas, quien no ha cogido “prestada” fruta verde y otros discutibles manjares de las huertas, quien no ha encendido fogatas, ha saltado acequias, quien no se ha construido tiradores (tirachinas en otros lugares), arcos, flechas, ballestas, lanzas y todo tipo de armas medievales, nunca sabrá lo que es sentirse un apache en Zaragoza.
Quien no ha espiado a las parejas en los ribazos, no sabe de verdad lo que es una infancia en condiciones.
 

LAS PRUEBAS DE HOMBRÍA

    

    No era fácil ser un niño-hombre en la época. No sé por qué extraña razón tenías que estar constantemente demostrando lo macho que eras. Realizábamos toda una batería de hombradas para ser aceptado entre palmadas en la espalda, puñetazos cariñosos y escupitajos. Citaré aquí algunas de ellas:

    Subirte a una balsa: Construíamos “balsas” con cualquier cosa que flotase y arrostrábamos riesgos como ahogarnos en el peor de los casos o de una buena tunda por parte de nuestra madre si volvíamos chipiados a casa. Yo me subí a una de esas inestables embarcaciones un par de veces. Cuando se iba el agua, jugábamos al futbol.

    Saltar la acequia. Había una acequia (hoy tapada), que desembocaba en el río Huerva a la altura de lo que es hoy el CDM Alberto Maestro. Era un tramo especialmente peligroso ya que el agua adquiría mucha velocidad en su desagüe al rio. Pues bien, había que saltarla, con dos cojones. La anchura no era mucha, cualquier niño medianamente sano era capaz de hacerlo, pero el agua precipitándose entre espuma hacia el rio, te ponía los huevos un poco de corbata. Por supuesto, lo hice y fui admitido en el club de los imbéciles del barrio.

    Cruzar el Ebro por el puente…, pero desde el exterior de la barandilla, es decir asido a ésta y con el rio abajo, a mis espaldas. No entiendo que premio puede resarcirte de semejante estupidez. Bueno pues también lo hice para regocijo de mis descerebrados compañeros de juegos y para causar un infarto a mis padres si llegan a saberlo.

    Explorar “el tubo”. Había un inutilizado conducto de fibrocemento que atravesaba parte del barrio, por los campos próximos al rio y que imagino sirvió de desagüe en algún momento. En el barrio lo conocíamos por el nombre de “el tubo

Allí según afirmaba radio macuto, vivía un personaje horripilante de mal nombre “sacamantecas”, el cual se suponía que raptaba niños, les hacía una autopsia no autorizada, les sacaba el mondongo y las  grasas o mantecas y se los comía. Bueno, pues allá que me adentré, yo solito, con la linterna de petaca de mi padre mientras mis amiguetes de correrías me medio alentaban y medio me acojonaban con aullidos escalofriantes desde la entrada. No recuerdo cuanto avancé, imagino que lo suficiente para salvar la honrilla y salir cagando leches.

    Guerrear en Sementales. En cuanto nos daban las vacaciones, ya estábamos todo los niños aprestándonos a coger piedras redondas que se amoldaran bien a la cazoleta del tirachinas (tirador) o la honda, y nos íbamos de cabeza a abrirnos la ídem a la rivera del Huerva, concretamente la que compartíamos con el barrio de Sementales, así llamado porque en la otra orilla estaba el cuartel donde se encontraban los marciales caballos reproductores del ejército para cruzarlos con las marciales yeguas, todo muy nazi (los alemanes lo hicieron con pibones todos muy rubios, muy altos y muy arios).

Pues bien, llegabas allí, las piernas temblando, la boca seca, te refugiabas tras un árbol, oías el zumbido de los proyectiles, el “ay” y el subsiguiente lloriqueo de algún desafortunado compañero, hacías el paripé de tirar un par de piedras suplicando a los dioses que nublaran la vista de tus enemigos, y salías por patas en cuanto podías.

    Espiar parejas (ya comentado). Malditas las ganas, ya que excitación sexual, desde luego, no había (once/doce años). Sólo, una vez más demostrar lo machote que eras y exponerte a recibir una hostia de un novio cabreado.

    Robar fruta (también comentado). La huerta estaba ahí, y los alberges, verdes y ácidos como la madre que los parió, desafiándote desde sus ramas, ¿qué podías hacer más que subirte al árbol y merendarte unos cuantos con el consiguiente riesgo de una cagalera y de una perdigonada del dueño del huerto? Pues eso, una vez más haciendo el tonto.

    Tocar timbres. Había dos modalidades: la inocente, a saber: pulsar varios timbres desde el portal y salir corriendo y la cabrona: coger un trozo de cuerda que todos niños teníamos entre nuestras más preciadas posesiones, junto a la navaja y caja de cerillas, atar los pomos de dos puertas enfrentadas en un rellano, y llamar a ambos timbres. Los juramentos podías oírlos desde el patio si tenías los arrestos de quedarte.

    Levantar faldas y tocar culos. Lo evitaba siempre que podía porque a las chicas, en general, no les hacía puta la gracia, y me llevé más hostias que otra cosa, sobre todo cuando el que hacía la melonada era tu amigo sin avisarte, y tú al no coscarte de la jugada, te la comías sin guarnición.

    Fumar. La mayor idiotez de todas. A corto plazo mareo, mal sabor de boca y mala conciencia, a largo, condena casi perpetua a gastar tu dinero y joderte los pulmones. ¡Qué gracia! y lo más gracioso de todo, era que quien nos iniciaba en semejante tontería era un guardia civil retirado que tenía unos futbolines y nos vendía el tabaco a los críos.

    Salto de burladero. Hablaré en tercera persona ya que me pareció que le ocurría a otro en lugar de a mí: Ateca, fiestas de la Virgen de la Peana, novillos en la plaza. Javi que, desprendiéndose de todo sentido común, se lanza al ruedo. Apenas aterriza, se da cuenta con horror que el novillo, plantado a unos veinticinco metros,  le mira. El espontáneo pone los pies en polvorosa, y no sabe cómo, de pronto se ve en el lado seguro del burladero. ¿Cómo llegué ahí?, no lo sé. Sólo hay dos posibilidades, y una más verosímil que la otra: o lo hice mediante tele-transporte, o gracias al canguelo que me disparó la adrenalina olvidándome de todo que no fuera salvar el culo.

    Petar petardos en la mano. Esta es de menor calibre, pero, una vez más, o lo hacías o eras una nenaza. Suerte que los petardos de la época eran un poco mariquitas y no como los de ahora (mis hijos los llaman “águilas”) que pueden arrancarte todos los dedos. La prueba de valor era prender la mecha y con el brazo estirado, sujetarlos hasta el estallido. La cosa no pasaba de un hormigueo y entumecimiento temporal de los dedos que lo habían sujetado, pero aún así, no dejabas de preguntarte si ése precisamente, al igual que otros no explotaban, no sería justo lo contrario y llevaría la carga adicional de explosivo que faltaba en los otros. Sólo como apunte, mencionaré que la otra joya pirotécnica que vendían eran las bombetas, pequeña carga explosiva con pequeñas piedrecitas envuelta en un papel suave, como un caramelo, y que cuando las tirabas con fuerza contra el suelo hacían un ridículo “pif”.

 

LOS VICIOS

        
 

    La primera cosa que encendí para inhalar fue el interior poroso de una caña común. Se le llamaba fumaque, y por supuesto lo fumábamos todos los cretinos de diez u once años, aunque sólo lo hacías una vez porque el acceso de tos era tan terrible que escarmentabas para siempre.

    Como ya comento en otro sitio, empiezo a fumar de verdad, es decir la droga aprobada por el Estado a los catorce años y el primer cigarrillo fue un “Bisonte” de tabaco rubio sin boquilla que casi me mata, o eso me pareció a mí. Le siguieron los “Celtas” cortos que se vendían a una peseta tres unidades en los futbolines de un guardia civil retirado.

    Esa fue mi marca durante unos pocos años, ya que conforme crecía mi poder adquisitivo, de lo más boyante por aquel entonces, pasé al “46”, también negro, pero ya con boquilla al que fui adicto también por espacio de unos pocos años.

    Le seguiría el “Ducados”, tabaco más rudo y por tanto más de hombre. La publicidad del cine y un poder adquisitivo ya sin freno me llevó al “Marlboro”, luego me lo pensé mejor y pasé al “Camel” ya que en lugar de vaquero del oeste me apetecía más ser aventurero de secano y esa era la marca adecuada.

    Entre tanto flirteé con todo un surtido de fuentes de nicotina como los mentolados “Kool” y “Rocío” que dejé en cuanto empezaron a llamarme nenaza, los “Habanos”, cigarrillos para pulmones de legionario, la cachimba de tabaco aromático que te confería aspecto de intelectual, los puritos que te hacían parecer un pisaverde sofisticado, y al final, como colofón, cualquier tabaco rubio “aliñado” con una resina muy curiosa y aromática que tenía las fantásticas propiedades de abrirte el apetito,  imprimirte un sonrisa idiota en la cara, ponerte unas pupilas como platos, y lo más interesante: que te la soplara todo. Se les conocía con el nombre de “porros”, “canutos”, “cigarros de la risa”,  y cualquier nombre que se te ocurriera y que aludiera a “cosa que se incinera para pasártelo de puta madre”.

    En honor de la verdad he de decir que solo me habré fumado tres o cuatro porros en mi vida, y los dos primeros, estaban tan repartidos que ni me enteré de lo que se supone que debía disfrutar. Tuve que esperar a estar casado y relacionarme con gente tan poco recomendable como currantes de la cadena de la GM para que me invitaran a un par de canutos sólo para mí, y entonces, ¡ay, mama! , eso ya era otra cosa. Fue el efecto tan evidente que la gente se me quedaba mirando por la calle debido a mi estúpida sonrisa, y los jefes de mi mujer que me vieron al ir a buscarla me sonrieron y me preguntaron que qué me había metido.

    El alcohol ya es otra cosa. Por lo que a mí se refiere, la humanidad ha aprendido a destilar y a fermentar toda clase de marranadas en balde ya que sólo el olor me muda el semblante de sonrosado a cetrino.

    Puse todo mi empeño en machacarme el hígado como lo hacían todos los muchachotes de mi generación, pero nada: dos cervezas, o un vino, o un sorbo de coñac, y de cabeza a la primera loza o pino que encontraba.

    Ni Ateca con sus dos buenos quilómetros de carretera sembrados de bares desde la plaza al “Vergel” de la gasolinera, ni Zaragoza con sus decenas de establecimientos del ramo consiguieron aficionarme a tan celebrada adición.

    En mi descargo he de decir, que las autoridades siempre han jugado la doble moral de enriquecerse con los impuestos del tabaco y de la publicidad que genera y meter miedo con las consecuencias de su  uso

    La sociedad de la época no se libraba de la doble moral ya que veía estupendo al hombre de pelo en pecho y Peninsulares en los labios, pero reñía al adolescente que, como es obligación de todo mequetrefe de esa edad, intentaba imitarlo.

    Voy más lejos en cuanto a esa interesada doble moral, a 1936-1939, en concreto. Cuenta mi padre, de los relatos que le traían del frente sus hermanos, que cierto oficial, se dirigió a sus imberbes soldados de un ejército ya sin efectivos adultos, para recriminarles que fumaran en un descanso de la batalla. En el acto se levantó un aguerrido sargento que compartía la bendita pausa con ellos y se le encaró para espetarle: mi capitán, si son hombres para morir, por fuerza lo serán también para fumar.”

    Y aún se respiraba ese espíritu en mi época, ya que éramos adultos para trabajar y ser explotados por una panda de miserables, pero no para jodernos los pulmones.

    El juego es más de lo mismo en cuanto a doble moral del Estado. En el momento preterito que narro, era tratado por éste con especial hipocresía ya que el único autorizado era la Lotería Nacional de la que sacaba pingües ganancias, y en los bares las partidas de mus y guiñote que mantenían calmado al personal en tiempos de garrote y tentetieso.

    Yo soy uno de esos agraciados que nunca tuvieron mucha suerte en el juego (aunque tampoco en el amor), y por tanto evadieron la adición que tanto daño ha causado a tantos incautos e incautas.

    Lo mío eran pecadillos veniales de sobremesas en el bar Doyen con los amigotes perdiendo la propina del fin de semana en media docena de lances de “los nueves”, versión carpetovetónica del anglosajón póker.

    Las tragaperras siempre me han parecido un timo y la lotería y quinielas un engañabobos, así que como ya he explicado alguna vez, he hecho un pacto con los hados según el cual yo no tiento a la suerte en el juego y a mi no me tienta la muerte en ese otro más chungo donde el premio es la morbidez y el plegar velas.

    De tentaciones venéreas nunca he sido muy merodeador, y mi experiencia se limita a los torpes encuentros epidérmicos propios de todo jovenzano con chicas de distraída moral y a muy esporádicas visitas de -qué tal está usted- a bares de bombilla roja y de señoritas que exhibían más pintura en la cara que las cuatro paredes del local, antro donde la cerveza convenía tomarla directamente del botellín.